La adolescencia es una etapa marcada por la confusión, los cuestionamientos y la búsqueda constante de pertenencia. Para los varones, este camino suele estar obstaculizado por un modelo de masculinidad que sigue promoviendo la fuerza, el control y la negación sistemática de la vulnerabilidad. En este contexto, hablar de nuevas masculinidades ya no es una consigna de nicho, ni un ejercicio teórico en seminarios especializados: es una urgencia social.
El estreno de Adolescencia, la serie original de Netflix creada por Jack Thorne y Stephen Graham, dirigida por Philip Barantini, se convierte en un potente disparador para pensar en las emociones que los jóvenes varones no pueden —o no se atreven— a expresar. Lo que muestra la serie no es exagerado, es cotidiano. Un joven rechazado que reacciona con violencia extrema no es un caso aislado, sino una consecuencia directa de un modelo de masculinidad que les enseña a los varones que la ira es la única emoción válida.
Desde la infancia, se socializa a los varones en un esquema donde la tristeza, el miedo o la ternura son censurados. Llorar, dudar o abrazar a otro varón son gestos sospechosos, incluso ridiculizados. En ese marco, la violencia se convierte en un lenguaje aprendido, una forma de validación entre pares, y también una respuesta automática ante la frustración. No se les permite sentirse vulnerables, y mucho menos mostrarlo.
Adolescencia retrata con crudeza esta dinámica, pero sobre todo evidencia cómo el machismo se hereda emocionalmente. No solo se construye en el presente, sino que se transmite de generación en generación. Los silencios de los abuelos, las ausencias emocionales de los padres, se convierten en el molde para una nueva generación de varones que tampoco sabe cómo gestionar lo que siente.
Las escuelas, lejos de romper con esta cadena, muchas veces la refuerzan. En lugar de ser espacios seguros donde se pueda hablar de emociones, deseos o miedos, terminan siendo lugares donde se reproduce la jerarquía emocional: los fuertes arriba, los sensibles abajo. Y cuando el sistema escolar no habilita estas conversaciones, las redes sociales llenan ese vacío. Pero lo hacen con una lógica peligrosa: la del algoritmo, que premia la provocación, el discurso de odio y la reafirmación de estereotipos.

En este terreno fértil crece la manosfera, una red digital que promueve discursos machistas, antifeministas y ultraconservadores. Ahí, los jóvenes encuentran respuestas fáciles a preguntas complejas: ¿qué significa ser hombre?, ¿por qué me siento así?, ¿por qué me rechazan? Y las respuestas que reciben los empujan aún más a una masculinidad tóxica que perpetúa la violencia y la misoginia.
De la mano del concepto de “manosfera” (del inglés manosphere) como este un conjunto de comunidades online formadas mayoritariamente por hombres, donde se comparten ideas, discursos y creencias sobre las relaciones de género, la masculinidad y el feminismo, -muchas veces desde una mirada reaccionaria o abiertamente machista-, aparece íntimamente ligada la noción de “incels”, (involuntariamente célibes), hombres que se identifican como incapaces de tener relaciones afectivas o sexuales y culpan a las mujeres (y al feminismo) por ello.
Esta polarización emocional y política también se refleja en las aulas: jóvenes varones que se atrincheran en posiciones conservadoras y chicas que se acercan al feminismo como herramienta de empoderamiento. Esa fractura no solo es ideológica, es emocional. Y muchas veces desemboca en violencia.
Frente a este panorama, la transformación es urgente y debe comenzar en las aulas. No basta con contenidos académicos: hace falta educación emocional, espacios de escucha y contención, talleres de reflexión sobre el género, la sexualidad, las relaciones. Reunirse para hablar de lo que se siente no es debilidad, es valentía. Es, también, una forma de prevención de futuras violencias.

Es necesario que las escuelas aborden sin eufemismos temas como el acoso digital, la cosificación de las compañeras o la naturalización de la violencia. Que dejen de ser espacios que imponen silencios y se conviertan en lugares donde sea posible reconstruir la identidad emocional sin la presión de encajar en moldes heredados.
Adolescencia, más que una serie, es un espejo social. Nos devuelve una imagen incómoda, pero necesaria. Nos recuerda que hablar de masculinidades no es una moda, es una demanda urgente. Y que si no empezamos a transformar los espacios educativos y digitales desde adentro, seguiremos formando varones que solo saben expresar su dolor a través de la violencia.
Esta producción audiovisual es una alerta. Nos enfrenta a una realidad que muchas veces preferimos no ver: el vacío emocional en el que crecen muchos varones. No se trata solo de mostrar lo que está roto, sino de preguntarnos cómo lo reparamos. Hablar de masculinidades hoy es una urgencia pedagógica, afectiva y política. Porque si no ofrecemos alternativas reales en las aulas, en las familias y en los entornos digitales, otros discursos—más hostiles, más cerrados—llenarán ese vacío. La transformación no es opcional: es el único camino para construir una generación de varones capaces de sentir, de escuchar y de vincularse desde la empatía. Y eso no es debilidad: es el verdadero cambio.

