Eran las últimas horas del 27 de abril de 1977 cuando un grupo armado irrumpió en una vivienda de La Plata. Adentro estaba Héctor Oesterheld, el hombre que años antes había imaginado una invasión extraterrestre y la resistencia popular en las páginas de El Eternauta. Esa noche no hubo ficción. Lo sacaron a la fuerza y nunca más se supo con certeza de su paradero.
Oesterheld, geólogo de formación y narrador por oficio y pasión, ya no era solo un historietista reconocido. Desde hacía tiempo militaba en Montoneros y había pasado a la clandestinidad. La dictadura cívico-militar lo tenía en la mira. Pero lo que vino después fue aún más atroz: el plan sistemático de aniquilamiento no se detuvo en él.

Sus cuatro hijas —Diana, Beatriz, Estela y Marina— corrieron la misma suerte. Todas eran militantes políticas. Dos de ellas estaban embarazadas cuando las arrancaron de sus casas. La historia oficial nunca dio explicaciones. Los organismos de derechos humanos los inscribieron como desaparecidos.
El operativo contra la familia fue salvaje. Estela, la mayor, intentó resistir el secuestro. Recibió un disparo. Los represores la llevaron herida. Alcanzaron a verla con vida. Diana y Marina desaparecieron junto a sus parejas en Tucumán y Buenos Aires. Beatriz había sido secuestrada meses antes, en junio de 1976.
Elsa Sánchez, esposa de Oesterheld, quedó sola con el horror. Con los años contaría que se llevaron a sus cuatro hijas, a su marido, a sus yernos y a dos nietos que todavía no habían nacido. Solo pudo recuperar el cuerpo de Beatriz y mas tarde a su nieto Martin. Del resto de su familia, ni rastros.

El creador de El Eternauta pasó por varios centros clandestinos de detención, entre ellos el tristemente celebre “Sheraton” en Villa Insuperable y Campo de Mayo. Su obra también fue perseguida. Las versiones políticas de aquella historieta de ciencia ficción —donde un grupo de vecinos se organiza para combatir a un invasor invisible— se leían como una metáfora descarnada de la resistencia contra la dictadura. Por eso mismo, circularon de manera clandestina.
Oesterheld compartió destino con otros intelectuales militantes como Rodolfo Walsh, su compañero en el diario Noticias, había sido asesinado un mes antes. Varios testimonios de sobrevivientes dan cuenta de su paso por los campos de concentración. A cada una de las preguntas de sus carceleros por algún dato, una casa, una persona, el Viejo -como se lo conocia- respondía con la misma frase: “No tengo nada que decir; no tengo nada que negociar”. Asi se describe en la biografia sobre Oesterheld realizada por Hugo Montero .

Hoy, décadas después, El Eternauta vuelve a estar en boca de todos. El estreno de la serie de Netflix despertó el interés de nuevas generaciones que se acercan por primera vez a esa obra maestra de la ciencia ficción latinoamericana. Pero en La Plata, en los barrios donde Oesterheld caminó y dibujó, muchos advierten que no se puede separar la ficción de la historia real. El autor y toda su familia fueron víctimas de un plan de desaparición forzada ejecutado por las fuerzas del Estado.
En 2019, a cien años de su nacimiento, la Biblioteca Nacional recibió una valija con manuscritos y documentos que la familia pudo preservar. Bocetos, guiones, cartas. Pruebas de una creatividad que la dictadura intentó silenciar pero no pudo borrar.

