En la Plaza Grigera, corazón de Lomas de Zamora, la feria de artesanos se mantiene como un símbolo de identidad y resistencia. Allí, desde hace más de dos décadas, trabaja Gisela Karina Salvo, una artesana que encontró en el oficio una salida en medio de la crisis del 2001 y hoy defiende con orgullo un espacio clave para la cultura local.
“Empecé en el año 2000, cuando mis padres se fundieron. En la desesperación busqué qué hacer y arranqué con manualidades”, recuerda. Con el tiempo, ese primer acercamiento se transformó en un camino más profundo: el de la artesanía auténtica, que exige creatividad, técnica y piezas únicas.
Su especialidad son los “cuadros vivientes”, obras con movimiento que contienen agua y polvo de piedra, generando paisajes cambiantes. A esto le sumó su impronta artística: intervenciones plásticas con acrílicos que representan dualidades como el día y la noche o las estaciones del año. “Cada pieza es única e irrepetible, como tiene que ser la artesanía”, explica.
La feria de Plaza Grigera no es una más. Es una de las dos ferias artesanales que sobreviven en el conurbano bonaerense, junto a la de Avellaneda, y forma parte de un circuito que históricamente incluye espacios como Plaza Francia o Caballito en la Ciudad de Buenos Aires. Este año, además, celebrará sus 45 años de historia.
El espacio reúne a unos 70 artesanos y se sostiene de manera autogestiva, un rasgo que, según Salvo, le da un valor especial: “Todo está hecho con amor, con compromiso y con la necesidad de vivir de esto”. Sin embargo, el contexto económico actual golpea con fuerza.
“La situación es muy difícil. Hay fines de semana donde no se vende nada. Muchos compañeros tienen que irse a otras ferias o directamente dejar”, cuenta. La caída del consumo y las dificultades económicas impactan de lleno en un sector que depende del trabajo manual y la venta directa.
A pesar de eso, los artesanos siguen apostando al crecimiento del espacio. En los últimos años, lograron mejoras en infraestructura, como nuevos toldos y la incorporación de media sombra para hacer más llevadera la experiencia en verano, tanto para feriantes como para visitantes.

Además, destacan el acompañamiento del municipio en términos de difusión y reconocimiento, aunque remarcan la importancia de diferenciar la artesanía de otras formas de producción, como el emprendedurismo o la reventa. “Nosotros hacemos cada pieza desde cero, eso tiene un valor enorme”, subraya.
El principal desafío hoy es sostener la actividad: “Se trata de resistir, de mantenernos en el espacio y seguir viviendo de esto”. En ese camino, la organización colectiva y el apoyo entre compañeros se vuelven fundamentales.
Mientras la feria se prepara para celebrar casi medio siglo de historia, sus protagonistas siguen defendiendo no solo un trabajo, sino una forma de vida que combina cultura, identidad y comunidad.

