viernes 27 febrero, 2026

The Walking Conurban: medio palo de seguidores en Instagram y una mirada contra el estigma porteñocentrista

El conurbano es una palabra que, dicha así para un palermofilico, parece una amenaza. Una nube baja, una zanja, una pared sin rebocar. Un rumor de motores viejos, tiros y sirenas a lo lejos. Durante años, para las pantallas fue eso: un significante vacío que otros llenaron con miedo. Clarín miente y otras yerbas. Entonces cuatro amigos de Berazategui decidieron hacer algo extraño: mirarlo. Pero mirarlo de verdad con la verdad de vivirlo cerca en el diametro de la cotidianeidad.

The Walking Conurban nació en 2018 entre chistes privados y fotos subidas a Instagram. Una parodia de serie yanqui para contar un territorio que siempre fue contado por otros. Lo llamaron “un paraíso post-apocalíptico a minutos del obelisco” y en esa frase había ironía, pero también una declaración de principios: no aceptar el relato que baja desde la General Paz como si fuera una frontera moral.

El conurbano, dicen, es donde pasan las cosas malas. Donde la política va a buscar votos y la televisión va a buscar sangre. Once millones de personas convertidas en decorado. Pero en esas calles conviven chalets de rejas trabajadas y casillas de chapa, departamentos recién pintados y monoblocks fatigados, countries que se repliegan como fortalezas y avenidas donde los carteles prometen lo que no siempre llega. La contradicción no es una excepción: es la norma.

Los cuatro —Diego Flores, Ariel Palmiero, Guillermo Galeano y Ángel Lucarini— no sabían demasiado de fotografía cuando empezaron. Sabían, en cambio, algo más importante: que detrás de cada fábrica abandonada hay una historia que no entra en un zócalo de televisión. Que una casa a medio terminar no es una postal pintoresca sino el resto visible de un proceso económico. Que el paisaje también es política. Hubo una tormenta en 2012. Treinta muertos, barrios bajo el agua, calles convertidas en escenografía de fin del mundo. Tardaron más de una hora en hacer un trayecto que solía llevar diez minutos. Vieron su propio territorio transformado en ficción distópica. Y entendieron que esa estética del desastre era, también, una forma de mirada. Seis años después, esa intuición encontró nombre y formato.

Al principio subían imágenes como quien arma una bitácora íntima: paisajes urbanos vacíos, fábricas herrumbradas, cielos densos. Después empezaron a escribir epígrafes que incomodaban. No se trataba solo de mostrar lo “gracioso” o lo “bizarro”, sino de discutir la perspectiva porteñocéntrica que lo estigmatiza todo. De decir: esto también es belleza, incluso cuando duele.

Las redes hicieron lo suyo. Le pusieron un nombre que remite a la serie basado en la historieta escrita por Robert Kirkman y que fue producida y distribuida por AMC. Decenas de miles de seguidores en Twitter, cientos de miles en Instagram. Fotos que llegaban por correo: cincuenta, cien por día. El conurbano empezó a narrarse a sí mismo. Una comunidad que comparte imágenes como quien comparte pruebas de existencia. Estamos acá. No somos un margen: somos un mundo.

En Instagram, The Walking Conurban ya no es una travesura entre amigos: acumula 525 mil seguidores y 7.088 publicaciones. Siete mil ochenta y ocho formas de insistir en que el conurbano no es un error geográfico sino una experiencia. Cada posteo funciona como una pieza de ese archivo colectivo que crece todos los días y que convierte a la red social en una especie de museo desordenado y vivo del borde.

Lo interesante no es la estética postapocalíptica sino la operación política que la sostiene. Desdramatizar no significa negar los problemas; significa quitarles el monopolio del relato. No todo es patrullero y penumbra. Hay murales, hay atardeceres sobre techos de chapa, hay torres improbables en Ituzaingó intervenidas por artistas que firman con aerosol y esperanza.

The Walking Conurban organiza muestras, concursos, presentaciones en los 24 partidos. Se mueve. Sale del cuadrado luminoso del celular y ocupa salas, centros culturales, calles. El archivo digital se vuelve cuerpo. Y en ese gesto hay algo más que difusión: hay disputa por el sentido. También llevaron esa mirada a la revista Córdón de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, donde publicaron, entre otros textos, “Las fronteras y el otro, una problemática cíclica” (19 de noviembre de 2025), “Cagan en un balde: aporofobia y construcción del otro en el conurbano bonaerense” (11 de septiembre de 2025) y “Vigilar y segregar. El plan urbano de la última dictadura cívico-militar” (9 de junio de 2023). Títulos que no buscan agradar sino incomodar: poner en palabras lo que durante décadas se dijo en voz baja o se gritó desde afuera. Porque narrar el territorio, para ellos, nunca fue una cuestión estética solamente: fue —es— una forma de discutir poder.

Tal vez el mayor logro sea ese: haber convertido una etiqueta peyorativa en un territorio narrado con ironía y orgullo. Haber entendido que el conurbano no necesita que lo salven ni que lo expliquen desde afuera. Solo necesita que lo miren sin miedo. Y que lo cuenten sin pedir disculpas.

ACTUALIDAD

― Ad ―

spot_img