A casi medio siglo de la primera ronda, la lucha de las Madres de Plaza de Mayo permanece como uno de los pilares éticos y políticos de la democracia argentina, en contraste con los discursos que relativizan el terrorismo de Estado.
El 30 de abril de 1977, en plena dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla, un grupo de mujeres se organizó frente al horror. Fue Azucena Villaflor de De Vincenti quien lanzó una consigna que rompió el aislamiento: “Individualmente no vamos a conseguir nada. ¿Por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vean que somos muchas, Videla tendrá que recibirnos.”
Ese sábado, apenas catorce mujeres se encontraron en la histórica Plaza de Mayo para exigir la aparición con vida de sus hijos e hijas desaparecidos. La represión no tardó en hacerse sentir: la policía les ordenó “circular”. Lo que buscó ser una forma de disciplinamiento se transformó en símbolo. Tomadas del brazo, comenzaron a girar alrededor de la pirámide central. Nacían así las rondas.
Desde entonces, las Madres de Plaza de Mayo sostuvieron una presencia ininterrumpida que ya superó las dos mil marchas. En cada vuelta, consolidaron una identidad colectiva basada en la memoria, la verdad y la justicia, enfrentando no solo a la dictadura sino también a los intentos posteriores de negacionismo.
A 49 años de aquel primer paso, su legado sigue interpelando a la sociedad argentina. En un contexto donde sectores del poder vuelven a poner en discusión los consensos democráticos, la historia de las Madres reafirma que no hubo “excesos” ni “errores”, sino un plan sistemático de desaparición. Y que frente a eso, hubo mujeres que decidieron no callarse nunca más.

