Hubo un tiempo donde la pasión por el cine no dependía del algoritmo de plataformas como Netflix, sino de caminar por las calles de cualquier barrio y dar con un videoclub, era encontrar un pedacito de Hollywood aguardando a la vuelta de la esquina. Lo que fue furor desde mediados de los años 80 hasta llegado el nuevo milenio, ha quedado reducido a un ejercicio de memoria histórica para los vecinos.
Cada barrio contaba con uno o varios videoclubes, donde las vidrieras resaltaban con papel metalizado o lamparitas a modo de marquesinas-según el caso y el ingenio- con los afiches de los estrenos más esperados para ver en la comodidad del hogar. Hoy, en todo el partido de Lomas de Zamora, no queda ni uno solo. La extinción es total.
Para finales de los 80, el VHS era el objeto de deseo absoluto. En 1988, la familia Streger decidió abrir las puertas de un verdadero refugio cinéfilo. Así nació el Videoclub Sur, en Maipú 214. El éxito no fue una métrica digital; fue el hecho de que 110 personas se acercaron el primer día para llenar una ficha con sus datos y recibir su carnet de socios.

Apenas una cuadra más adelante por Maipú, se encontraba Foto Claudio, un emblemático comercio de la historia banfileña, que data de 1966 como un monolito de la electrónica y la fotografía que, en un giro muy de la época, decidió que parte de su planta baja y la totalidad del primer era un santuario del VHS: eran una galería de arte pop analógico donde las carátulas funcionaban como el primer gancho visual para una familia que buscaba sobrevivir al aburrimiento del fin de semana.
Alquilar no era un clic; era un contrato de 24 o 48 horas. Si no devolvías la cinta rebobinada, el corría el recargo por reglamento de la casa. La exigencia y el variopinto cultural de cada barrio obligaba a los dueños a curar catálogos que mezclaban el cine de acción clase B con joyas del cine europeo. Para tener noción y magnitud de lo que represento el rubro del videoclub por entonces, Argentina llego a tener 10 mil de estos templos afiliados a la Cámara Argentina de Videoclubes.
Visitar un videoclub, era un evento: recorrer estanterías, tocar las cajas, leer las sinopsis de cada película al dorso de las cajitas plásticas y, sobre todo, hablar, sociabilizar con otros socios con opiniones varias de tal o cual película. El dueño o los empleados del videoclub eran algoritmos humanos, capaces de conocer e identificar al instante los gustos de cada socio, como para armarle un programa de varias películas para comenzar apenas pasada la tarde del sábado y coronar la noche con alguno de los esperados estrenos de la quincena.

A pocas cuadras de la estación Temperley, sobre la avenida Almirante Brown al 3200, se encontraba Imágenes. No era solo un videoclub; era un búnker de culto que durante casi 30 años le dio al sur del Conurbano una pátina de prestigio que ninguna plataforma de streaming podrá emular. Mientras buena parte de los videoclubes acumulaba los tanques de Hollywood, Imágenes operaba bajo una mística diferente: un catálogo ampuloso y quirúrgicamente curado.
En Imágenes no encontrabas solo encontrabas los últimos estrenos, sino un catálogo de realizadores y rarezas de esas que solo aparecían reseñadas en las revistas especializadas más selectas. Sus dimensiones y el cuidado casi religioso de su archivo lo convirtieron en una leyenda urbana para los cinéfilos locales.

Si los videoclubes de barrio en Lomas de Zamora eran templos de culto atendidos por sus propios dueños, la llegada de Blockbuster en 1995 fue la pisada de un gigante que cambió la esencia del consumo. La cadena estadounidense no solo trajo películas; trajo una estética de supermercado del entretenimiento que hizo que las estanterías de madera y las fichas hechas a mano de locales como el Videoclub Sur empezaran a verse como reliquias de otro siglo.
En la Avenida Hipólito Irigoyen 8333, donde actualmente se encuentra el Centro de Monitoreo de Lomas de Zamora, a mediados de los noventa Blockbuster fijaba domicilio, y trastocó la experiencia de “ir al videoclub” en Lomas. Ya no se trataba de charlar con el dueño sobre Spielberg, Tarantino o cine iraní, sino de caminar por pasillos interminables bajo luces fluorescentes blancas, rodeado de góndolas repletas pochoclos, golosinas importadas y gaseosas.
Blockbuster aterrizó con una promesa de abundancia: si querías el estreno de la semana, tenían cien copias. Una propuesta que parecía atrayente ante la “escasez” del videoclub de barrio, donde tenías que esperar a que otro vecino devolviera la cinta, fue aplastada por el stock masivo.

Si embargo la caída de Bockbuster fue tan cinematográfica como su llegada. Ante el avance del DVD, las descargas online de películas y luego el golpe letal del streaming no distinguieron entre pequeños y grandes. Para el año 2015, la gran mayoría de los locales en Argentina habían bajado sus persianas. Blockbuster, que alguna vez pareció invencible con sus locales iluminados hasta la madrugada en las esquinas más caras, desaparecieron del mapa, dejando tras de sí locales vacíos que hoy ocupan farmacias o bancos.
La decadencia fue una muerte lenta en tres actos: primero el cable, después la piratería de los puestos de calle y, finalmente, el streaming. Los videoclubes intentaron mutar. Vieron pasar el reinado del DVD, la llegada del Blu-ray que nunca terminó de imponerse como formato. En un intento por sostener la actividad económica y el ritual social, los videoclubes sumaron juguetes y electrónica, convirtiéndose en polirubros, que en los mejores casos llegaron apenas a superar la primera década del muevo milenio.

Hoy, entrar a una plataforma y scrollear durante varios minutos para elegir por descarte es la norma. En las calles de cada barrio, queda el fantasma de ese ritual: el de salir a buscar una película a modo de tesoro en una cajita plástica y la urgencia de devolverlo antes de que el reloj marcara el recargo. El cine se quedó, los formatos como VHS o el DVD se volvieron intangibles, pero el club se fue para siempre.

