miércoles 4 marzo, 2026

De estancias y ferrocarriles: la historia detrás de los nombres de las localidades de Lomas de Zamora

La historia de Lomas de Zamora no solo se lee en los archivos ni se camina por sus calles: también se pronuncia cada vez que nombramos un barrio o una localidad. Los nombres guardan huellas profundas de un territorio que pasó de ser campo abierto y estancias coloniales a un entramado urbano atravesado por el ferrocarril, la inmigración y los sueños de progreso. Detrás de cada topónimo hay una escena, un conflicto, una decisión política o económica, y, sobre todo, personas de carne y hueso. Como suele recordarnos Felipe Pigna, la historia no está hecha solo de próceres sino de procesos, y Lomas es un buen ejemplo de eso.

Lomas de Zamora nació mucho antes de ser ciudad. Su nombre combina geografía y propiedad: las suaves lomadas de la Pampa Ondulada y Juan de Zamora, un estanciero sevillano del siglo XVIII que adquirió estas tierras cuando todavía eran parte del mundo colonial. Antes fue “El Cabezuelo”, luego “Estanzuela del Rey”, más tarde tierras del Estado. En 1821 apareció el Pueblo de la Paz, fundado por Tomás Grigera, pero el viejo nombre persistió. Cuando Lomas fue declarada municipio en 1861, conservó esa denominación heredada, como si el pasado se negara a retirarse del todo. El escudo local, con sus colinas y la paloma de la paz, sigue recordando esa superposición de tiempos.

La llegada del ferrocarril cambió todo, incluso los nombres. Banfield es un ejemplo claro: la estación inaugurada en 1873 homenajeó a Edward Banfield, primer gerente del Ferrocarril del Sud. El dato curioso es que Banfield nunca vio el pueblo que llevaría su apellido. Murió joven, de regreso en Inglaterra, y su nombre quedó fijado en una estación que pronto dio origen a un barrio, a una identidad y hasta a un club de fútbol: el taladro. Así funcionó muchas veces la modernidad ferroviaria: apellidos británicos injertados en el paisaje bonaerense, transformados con el tiempo en marcas profundamente locales.

Algo similar ocurrió con Temperley, aunque con un final distinto. George Temperley sí vio crecer el pueblo que fundó. Comerciante inglés, estanciero próspero y hombre de su tiempo, decidió en 1870 lotear su chacra y crear una nueva localidad. Ofreció facilidades, impulsó la llegada del tren y pensó un pueblo moderno. La estación se inauguró en 1871 y se convirtió en un polo de desarrollo. Temperley resume una etapa clave de la Argentina agroexportadora: grandes propietarios, ferrocarril, inmigración y una fe casi ilimitada en el progreso.

Más pequeña, pero no menos singular, Turdera tiene un origen distinto. Su nombre no viene de ingenieros ni próceres, sino de dos hermanas, Inés y Eugenia Turdera, dueñas de unas tierras altas conocidas como las Lomas de las Hormigas. A comienzos del siglo XX, junto al constructor Riziero Preti, impulsaron la urbanización del lugar. Hubo tranvía, teatro, iglesia y una fuerte impronta comunitaria. Turdera llegó a ser llamada “la Córdoba chica” por su aire elevado y saludable. En un conurbano que crecía rápido y sin planificación, Turdera fue un intento de orden y belleza.

San José muestra otro momento histórico: el del crecimiento demográfico de mediados del siglo XX. Sus tierras habían sido la quinta de recreo de Guillermo Kraft, empresario gráfico. Allí había descanso, producción avícola y vida tranquila. Pero en los años cuarenta, la presión habitacional empujó a sus herederos a lotear el predio. Tras el fallecimiento de Kraft, sus herederos impulsaron la urbanización de la zona. El nacimiento oficial del Barrio San José ocurrió el domingo 12 de diciembre de 1948, cuando se realizó el remate de más de 4.000 lotes, prohibiendo en ese entonces las construcciones de madera y chapa para valorizar el lugar. En la misma fecha del primer remate, se inauguró la Parroquia San José Obrero, la cual terminó de sellar la identidad del barrio que hoy comparten los municipios de Lomas de Zamora y Almirante Brown

Centenario remite directamente a 1910, al clima festivo y patriótico del Centenario de la Revolución de Mayo. Fue una época de optimismo, de promesas, de un país que se pensaba grande y moderno. El nombre expresa ese espíritu. Lo mismo ocurrió con el primer Centenario Football Club, antecedente del actual Temperley. En ese nombre quedó condensada una idea de nación y de futuro que luego sería puesta en discusión por la historia.

En Fiorito, en cambio, la épica fue otra. Nació en 1906, cuando la familia Fiorito loteó terrenos bajos y anegadizos junto al Riachuelo. No hubo planificación refinada ni promesas elegantes, sino la necesidad de miles de familias de acceder a un pedazo de tierra. Fiorito creció con esfuerzo, precariedad y solidaridad. Mucho antes de ser conocida como la cuna de Diego Armando Maradona, ya era un símbolo de la Argentina popular, esa que rara vez aparece en los manuales pero sostiene la vida cotidiana del conurbano.

Ingeniero Budge vuelve a poner al ferrocarril en el centro de la escena. La estación, originalmente llamada La Noria, fue rebautizada en 1909 para homenajear a Oliverio Budge, presidente del Ferrocarril Midland. Alrededor del tren crecieron barrios obreros, industrias y nuevas formas de vida. Budge encarna esa mezcla de modernización técnica y desigualdad social que marcó al Gran Buenos Aires durante todo el siglo XX.

Más silenciosa es la historia de Lamadrid, cuyo nombre parece provenir de una pequeña sala sanitaria que funcionó como referencia en los primeros años del barrio. Era parte de los lotes de Cuartel IX y su nombre viene del militar de las guerras de la Independencia Guillermo Araoz de Lamadrid. En un territorio de loteos precarios y escasa presencia estatal, la salita fue mucho más que un edificio: fue un punto de encuentro, de cuidado y de organización comunitaria. Que el barrio haya tomado su nombre dice mucho sobre las prioridades de sus primeros habitantes.

Santa Catalina nos lleva aún más atrás, al período colonial. Su nombre viene de una antigua estancia bautizada en honor a Santa Catalina de Siena. Allí hubo colonos escoceses, granjas modelo, estaciones ferroviarias y, con el tiempo, una de las reservas naturales más importantes de la zona sur. Es un espacio donde conviven siglos distintos, como capas superpuestas de una misma historia.

En Albertina, el origen es casi íntimo. Francisco Siritto, su fundador, decidió homenajear a su esposa Albertina Bohl dándole su nombre al barrio. Impulsó un tranvía, plantó eucaliptos y pensó el lugar como un espacio de recreo. Durante décadas fue el “balneario” de Lomas y la urbanización lo transformó en un barrio popular. Hoy el Gobierno de la Comunidad tiene a sus piletas como estandertes de inclusión y diversión para todos. Pocos nombres reflejan tan claramente cómo un gesto personal puede convertirse en identidad colectiva.

Santa Marta y Parque Barón continúan. Santa Marta surgió de loteos impulsados por Ezequiel Santamarina, en una expansión típica del primer siglo XX. Parque Barón, en cambio, creció alrededor del parque del Municipio “Eva Perón”, en tierras de una antigua quinta. La historia de Parque Barón está estrechamente ligada al Parque Municipal, creado en 1938 sobre la antigua quinta de la familia Molina Arrotea.

Finalmente, Llavallol recuerda a Felipe Llavallol, político y presidente del Ferrocarril del Oeste. Otra vez el tren, otra vez un apellido que se vuelve lugar. Llavallol fue parte de Lomas durante décadas y comparte con ella una historia industrial y obrera que explica mucho del conurbano actual.

En conjunto, los nombres de Lomas de Zamora forman un verdadero mapa de la historia argentina en miniatura. Estancias coloniales, ferrocarriles ingleses, inmigrantes, barrios obreros y sueños de progreso conviven en pocas palabras. Nombrar un barrio es, también, contar una historia. Y entender esos nombres es una forma de entender quiénes somos y cómo llegamos hasta acá.

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