La Confederación Sudamericana suspendió definitivamente la vuelta de octavos de la Sudamericana por “falta de garantías de seguridad” y derivó el caso al Tribunal de Disciplina. Hubo escenas de pánico, heridos de consideración y familias atrapadas entre proyectiles en la Pavoni.
El caos estalló durante el primer tiempo cuando desde la cabecera que ocupó la parcialidad de Universidad de Chile comenzaron a volar proyectiles hacia las plateas: trozos de mampostería, butacas, maderas y hasta una bomba de estruendo. Un hincha joven caminó en shock con un corte profundo en el cuero cabelludo; otro exhibió dos bloques de hormigón que le cayeron encima. La Pavoni alta se volvió el epicentro de una batalla que desbordó cualquier control.
Con el marcador 1-1, el árbitro Gustavo Tejera reunió a los capitanes e intentó reanudar sin éxito. La voz del estadio ordenó desalojar “de inmediato” a los visitantes bajo amenaza de sanciones, mientras Charles Aránguiz y Kevin Lomónaco pedían calma. La violencia siguió: jugadores a los vestuarios, familias huyendo hacia sectores internos y cruces con la Policía en los accesos de la calle Bochini.
En la madrugada, Conmebol oficializó la cancelación. La Dirección de Competiciones apuntó a la “falta de garantías de seguridad por parte del club local y de las autoridades locales de seguridad” y confirmó que el encuentro “queda cancelado” de forma definitiva. El expediente pasó a los “Órganos Judiciales de la CONMEBOL”, que adoptarán “futuras determinaciones” sobre el resultado de la serie y eventuales sanciones.
Cuando la mayoría de los hinchas chilenos ya se retiraba y el clima parecía ceder, la barra de Independiente irrumpió en ese sector y agredió a visitantes: golpes, gente desnuda a la fuerza y simpatizantes que se arrojaron al vacío para escapar. La noche terminó en tragedia evitada por poco, con el fútbol corrido del centro de la escena y la urgencia puesta en los heridos, en las responsabilidades de seguridad y en que semejante barbarie no se repita.

