Al celebrar sus 130 años de historia, el Club Atlético Banfield tiene la oportunidad única de volver la mirada hacia una de sus figuras fundacionales y más emblemáticas: Gustavo Albella. Este aniversario invita a repasar la carrera del delantero cuyo legado trasciende los récords para entrelazarse, incluso, con la memoria de una figura universal como el Che Guevara, quien, en diálogos informales, lo señaló como el mejor futbolista que había visto.
Gustavo Albella con su talento precoz como delantero, e incluso su versatilidad para desempeñarse como arquero, lo llevaron rápidamente a Talleres de Córdoba. Fue en este club donde, durante un amistoso en octubre de 1944, protagonizó el partido que cambiaría su rumbo. Frente a un Boca Juniores bicampeón, Albella anotó dos goles y fue clave en la sorpresiva goleada por 7-3, lo que le valió el interés inmediato de la institución xeneize.

Su traspaso a Boca en 1945, sin embargo, no cumplió las expectativas. La adaptación a la gran ciudad y al ambiente intenso del club, sumada a la simultánea realización del servicio militar, limitaron su rendimiento. Su paso por la Bombonera fue breve y dejó pocas huellas, un contraste absoluto con lo que vendría después.
El punto de inflexión llegó en 1946 con su incorporación a Banfield, entonces en la Primera B. Allí, Albella encontró su lugar en el mundo futbolístico. Esa temporada se convirtió en una figura insustituible, logrando una hazaña estadística poco común: anotó 36 goles en 36 partidos, siendo el motor absoluto del ascenso del Taladro a la Primera División. Este momento fundacional cementó su vínculo eterno con el club.

Una vez en la elite, Albella consolidó su estatus de ídolo. Entre 1946 y 1951, su potencia, definición y presencia en el área se volvieron características distintivas del equipo. Su contribución cumbre fue en la campaña de 1951, donde Banfield, con Albella como estandarte, finalizó subcampeón del torneo tras caer en un partido desempate frente a Racing Club. Este logro histórico para la institución no se puede entender sin su aporte goleador y su liderazgo en la delantera.
Su récord personal es contundente: con la camiseta de Banfield convirtió 136 goles en partidos oficiales, una cifra que lo mantiene como el máximo anotador histórico del club. De esos goles, diez fueron marcados en los clásicos contra Lanús, destacando su puntualidad en los encuentros más exigentes. Su estilo, acorde a la época, combinaba la habilidad con una fortaleza física notable para enfrentar a las defensas más duras.

Tras su consagración en Banfield, Albella emprendió una exitosa etapa en el extranjero. En Brasil, vistió la camiseta de São Paulo FC, y posteriormente en Chile jugó para Green Cross de Temuco, donde su capacidad goleadora permaneció intacta, llegando a ser goleador del torneo chileno en dos oportunidades. Finalizó su carrera como jugador en Brown de Adrogué, cerrando el ciclo en el fútbol argentino.
Su legado es perdurable. Banfield, agradecido, lo homenajea de forma permanente. Un mural en la estación de trenes de la línea Roca lleva su imagen, y en la memoria institucional se lo recuerda como una de sus glorias máximas. La anécdota que lo vincula al Che Guevara agrega un matiz cultural a la trayectoria de un futbolista que, desde la humildad de sus inicios, construyó una carrera que lo erige como un referente indiscutido en la historia del club del sur del Gran Buenos Aires.

