En las últimas horas, la ex presidenta Cristina Kirchner salió a fijar posición tras el ataque de Estados Unidos a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, a quien calificó como víctima de un “secuestro literal”. A través de sus redes sociales, la dirigente peronista afirmó que el accionar de Estados Unidos constituyó una grave violación del Derecho Internacional y advirtió que la administración de Donald Trump “volvió a cruzar un límite que muchos pensaban que no volvería a ocurrir”.
En su pronunciamiento, Cristina Kirchner sostuvo que el operativo militar recordó a la histórica política del “Gran Garrote”, una doctrina de intervención directa aplicada por Washington en América Latina. Según planteó, ese tipo de acciones dejó como saldo décadas de atraso económico, dependencia y desigualdad en la región, bajo el pretexto de garantizar el orden y la seguridad hemisférica.
La expresidenta también rechazó los argumentos oficiales vinculados a la lucha contra el narcotráfico o a la defensa de la democracia. En contraposición, afirmó que el verdadero objetivo del operativo fue “apoderarse de la mayor reserva a nivel global de petróleo convencional… a cara descubierta”, en referencia a los recursos estratégicos de Venezuela.
La doctrina del “Gran Garrote”, el origen del intervencionismo de ee. uu. en América Latina

La política exterior impulsada por el presidente estadounidense Theodore Roosevelt a comienzos del siglo XX consolidó un esquema de dominación regional basado en la amenaza militar, la injerencia directa y la subordinación de los países latinoamericanos a los intereses de Washington.
La llamada política del “Gran Garrote” se convirtió en uno de los pilares de la expansión estadounidense en el continente. La doctrina se apoyó en una frase atribuida a Roosevelt —“Habla suavemente y lleva un gran garrote; llegarás lejos”— que sintetizó una estrategia de diplomacia formal acompañada por el uso explícito de la fuerza cuando los intereses de Estados Unidos se veían comprometidos.
Bajo este enfoque, la Casa Blanca justificó su accionar en la necesidad de garantizar la estabilidad política y económica de países considerados estratégicos, proteger intereses comerciales y financieros norteamericanos y evitar la presencia de potencias europeas en el hemisferio occidental. El resultado fue una política exterior que colocó a América Latina como área de influencia directa.
La doctrina se institucionalizó en 1904 con el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, que habilitó a Estados Unidos a intervenir como “policía internacional” ante crisis internas o incumplimientos de deuda externa en la región. Este principio sentó las bases legales y políticas para una seguidilla de ocupaciones militares y presiones diplomáticas.
Entre los episodios más recordados se encuentran las intervenciones en Cuba, Haití, República Dominicana y Nicaragua, así como la separación de Panamá de Colombia en 1903, maniobra clave para asegurar la construcción y el control del Canal de Panamá. En todos los casos, el denominador común fue la imposición de gobiernos funcionales a Washington.
Con el paso del tiempo, la política del Gran Garrote dejó una marca profunda en la historia latinoamericana. Mientras fortaleció la hegemonía estadounidense, también alimentó una memoria de resistencia y críticas al imperialismo, y se convirtió en un antecedente central del intervencionismo que caracterizó gran parte de la política exterior de Estados Unidos durante el siglo XX.


