En una escena cargada de historia y emoción, Franco Colapinto se subió a una réplica del mítico Mercedes-Benz W196, la legendaria “Flecha de Plata” con la que Juan Manuel Fangio dominó la Fórmula 1 en los años 50. Más allá del gesto simbólico, la exhibición puso en primer plano a una máquina que marcó un antes y un después en la historia del automovilismo mundial.
El W196 no fue un auto más: representó un salto tecnológico para su época. Equipado con un motor de ocho cilindros en línea y casi 2.500 cc, alcanzaba cerca de 290 caballos de fuerza y podía rozar los 300 km/h, cifras impactantes para mediados del siglo XX. Su sistema de inyección directa Bosch y su innovadora distribución desmodrómica lo convertían en una pieza de ingeniería avanzada, diseñada para maximizar rendimiento y confiabilidad en pista.
Otro de los rasgos distintivos era su diseño. Con un chasis tubular liviano y carrocería de aluminio, el modelo combinaba resistencia con aerodinámica. En sus versiones carenadas, utilizadas en circuitos de alta velocidad como Reims o Monza, ofrecía una penetración en el aire superior a la de sus competidores, consolidando la supremacía de Mercedes en تلك años.
Los números respaldan su leyenda: en apenas 20 competencias, Mercedes logró 16 victorias con este modelo. Fangio, al volante, consiguió 11 triunfos y dos campeonatos mundiales (1954 y 1955), transformando a la “Flecha de Plata” en sinónimo de dominio absoluto en la máxima categoría.
Décadas después, la aparición de esta máquina en las calles de Palermo no fue solo un homenaje, sino una reivindicación de una era donde la innovación, el talento y el riesgo definían el automovilismo. En ese cruce entre pasado y presente, Colapinto no solo manejó un auto: manejó un símbolo que sigue marcando la identidad deportiva argentina.

