jueves 5 marzo, 2026

50 mil australes para salvar al rival: la historia más increíble del clásico Los Andes-Temperley

En 1991, en medio de una profunda crisis institucional que llevó al Club Atlético Temperley a la quiebra y al cierre de sus instalaciones, ocurrió un episodio poco común en el fútbol argentino. Su clásico rival, el Club Atlético Los Andes, abrió sus puertas y colaboró activamente para ayudar a sostener al Gasolero en uno de los momentos más difíciles de su historia.

En el fútbol se aprende temprano que el rival es necesario. Sin él no hay partido, no hay historia, no hay domingo. Pero a veces —muy pocas— el rival también es necesario para sobrevivir. Eso pasó en 1991, en el sur del Gran Buenos Aires, cuando el Club Atlético Temperley atravesó una crisis tan profunda que terminó en quiebra y con sus puertas cerradas. Y entonces ocurrió algo que en el juego de la gambeta suele parecer imposible: su clásico rival, el Club Atlético Los Andes, decidió ayudar.

Temperley estaba al borde de desaparecer. Las deudas, los problemas judiciales y la caída institucional habían vaciado el club. La cancha cerrada, las actividades suspendidas, los jugadores liberados. El Gasolero parecía condenado a convertirse en un recuerdo. Pero los clubes de barrio, incluso cuando se caen, suelen tener algo que los sostiene: sus socios, sus vecinos, su comunidad.

En esos días empezó una movilización silenciosa. Rifas, colectas, festivales. Entre esas iniciativas apareció una escena improbable: un evento solidario en la sede de Los Andes, el rival de toda la vida. El bono lo decía con una mezcla de sencillez y urgencia: “¡Yo ayudo a Temperley!”. Costaba 50.000 australes, la moneda de una Argentina que todavía vivía entre inflación y sobresaltos. Más que un valor económico, era un gesto.

En aquel momento el presidente de Los Andes era Juan José Roma. Temperley, en cambio, estaba atrapado en su proceso de quiebra y sin conducción institucional normal: muchas decisiones dependían de la justicia mientras socios y simpatizantes peleaban por recuperar el club. Los Andes seguía compitiendo en la Primera B Metropolitana; Temperley ni siquiera podía jugar.

Meses después llegó el agradecimiento. Una placa entregada el 22 de agosto de 1991 lo dejó escrito con solemnidad: “C.A. Temperley agradece su amistad y profunda colaboración al C.A. Los Andes”. La frase suena formal, pero detrás hay algo más simple y más raro en el fútbol: un clásico que, por un momento, dejó de jugarse para que el rival no desapareciera.

Once años después, en 2001, Temperley logró finalmente levantar la quiebra en los tribunales de Lomas de Zamora. Cerca de 300 hinchas acompañaron a dirigentes en una jornada histórica en la que el club llegó a un acuerdo con la AFA, Futbolistas Argentinos Agremiados —su principal acreedor— y el Municipio de Lomas de Zamora. La deuda, cercana a 1.070.000 dólares, se canceló con distintas fuentes: un adelanto de la empresa Bingo del Oeste, el dinero de la venta del defensor Cristian Smigiel a Instituto de Córdoba y cerca de 250.000 dólares reunidos por socios a fuerza de fiestas, rifas y asados.

El acuerdo se firmó en la Sala Civil y Comercial N.º 1 de los tribunales lomenses con la presencia del presidente de la AFA Julio Humberto Grondona, el intendente Edgardo Di Dio, representantes de Agremiados y el juez Francisco Torija Zane. Fue el cierre de una historia larga y dura: once años después de tocar fondo, Temperley volvía a ponerse de pie. Y en esa memoria quedó grabado también aquel gesto extraño del fútbol: cuando el clásico del sur dejó la rivalidad para que el rival pudiera seguir existiendo

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