El 3 de marzo de 1866 nació en Buenos Aires un hombre que pintó lo que muchos preferían no ver. Se llamó Ernesto de la Cárcova y, aunque provenía de una familia acomodada —hijo de un juez federal ligado al poder conservador— eligió mirar hacia el otro lado del cuadro: el de los que no tenían pan ni trabajo. Esa elección, en la Argentina de fines del siglo XIX, no fue un detalle estético sino un gesto político.
Formado en la Sociedad Estímulo de Bellas Artes y luego en Europa —París, Roma, Turín—, De la Cárcova absorbió el realismo en tiempos en que la Argentina soñaba con parecerse a Francia pero escondía sus conventillos. En la Academia Albertina obtuvo reconocimiento: un pastel, “Cabeza de viejo”, fue adquirido por el rey Humberto I. Pero el verdadero salto no ocurrió en las cortes europeas sino cuando regresó a Buenos Aires, a sus 27 años, y terminó esa obra brutal y silenciosa: Sin pan y sin trabajo.
Ese óleo —pintado entre 1892 y 1893 y exhibido en el Salón Ateneo— no mostró héroes ni batallas. Mostró un obrero desempleado, la mujer, el hambre que se colaba por la ventana. En una Argentina que celebraba el progreso agroexportador y el orden del Partido Autonomista Nacional, De la Cárcova colgó en la pared el reverso de la postal. Años más tarde, Eduardo Schiaffino la incorporó al Museo Nacional de Bellas Artes. Allí permanece, incómoda y vigente.
Pero De la Cárcova no se limitó al gesto solitario del artista. Entendió que el arte también se organiza, se enseña, se defiende. Fue el primer director de la Academia Nacional de Bellas Artes y fundador de la Escuela Superior de Bellas Artes que hoy lleva su nombre. Vendió obras para sostener instituciones. Diseñó en 1921 el sello mayor de la Universidad de Buenos Aires. Discutió con colegas porque creía que la libertad creativa necesitaba reglas que la protegieran del capricho y del abandono estatal.
Murió el 28 de diciembre de 1927. Está enterrado en la Recoleta, paradoja final para quien pintó la intemperie social. Fue cercano a Pío Collivadino, otro que encontró belleza en el Riachuelo industrial antes que Quinquela lo volviera mito. De la Cárcova dejó menos cuadros de los que podría haber pintado: eligió construir escuela. Y quizá esa sea su obra mayor. Porque en un país que suele improvisarlo todo, él apostó por la permanencia.

