El rock nacional perdió este viernes a una de sus figuras más veneradas. Carlos Solari, conocido por todos como el Indio, falleció a los 77 años y con él se va una pieza central de la identidad musical argentina. El cantante, compositor y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyó una obra que desbordó los escenarios para convertirse en un fenómeno social de dimensiones casi religiosas.
Nacido en Paraná en 1949, Solari pasó su infancia y juventud en La Plata, donde el destino lo cruzó con un pibe flaco y de anteojos oscuros llamado Eduardo Beilinson, más conocido como Skay. Juntos empezaron a dar forma a un proyecto raro, marginal, que nadie imaginaba que terminaría movilizando a cientos de miles de personas. Corría 1976 cuando aquel germen se transformó en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que hizo de la independencia su bandera y del misterio su sello de identidad.

Los primeros acordes en el conurbano
Los fanáticos del sur del Gran Buenos Aires tienen motivos especiales para recordar al Indio. En 1985, cuando la banda ya convocaba y crecía de boca en boca, los Redondos llegaron al Country Club de Banfield el 5 de octubre, en el marco de la presentación del álbum Gulp! lanzado en Julio de ese mismo año.Fue una de esas noches fundacionales que después se volvieron legendarias.
Pero la conexión con la zona se profundizó antes de que terminara ese mismo año. El 14 de diciembre de 1985, el Indio y los suyos se subieron al escenario del mítico Luar Bar de Lomas de Zamora, en un show dónde presentaron algunas canciones que al año siguiente formarían parte de OKTUBRE. De aquella fecha aún se consiguen registros en YouTube: grabaciones caseras, con sonido ambiente, que muestran a una banda afilada y a un público que ya cantaba cada canción como si fuera un himno. También pasaron por La Cúpula Stadium de Temperley, otro templo del under que atestiguó el crecimiento imparable del fenómeno ricotero.
La mística de una banda diferente
A diferencia de otros grupos de la época, los Redondos nunca firmaron con grandes sellos discográficos, nunca dieron entrevistas masivas ni permitieron que sus caras aparecieran en las tapas de las revistas. El Indio, con su voz rasposa y sus letras crípticas, se convirtió en un líder ausente, una figura casi fantasmal que aparecía en el escenario como si descendiera de otro planeta.
Esa distancia paradójicamente acercó a la gente. Sus seguidores desarrollaron una liturgia propia: la llamada “misa ricotera”, con bailes, banderas y cánticos que transformaban cada recital en una experiencia tribal. El momento cumbre llegaba con Ji Ji Ji, cuando el pogo se desataba como una fuerza de la naturaleza. Ese baile violento y catártico fue bautizado como “el pogo más grande del mundo”, y no era una exageración: en vivo, la canción desataba una energía imparable.

Para el año 2000, la banda ya estaba consagrada como un fenómeno de multitudes. La prueba más contundente fue su show en el Estadio Monumental, donde reunieron a 70 mil personas. Una cifra récord para una agrupación que jamás había sonado en las radios comerciales ni había aparecido en la televisión de la mano de los conductores famosos.
Una discografía que es parte del ADN argentino
Los Redondos editaron nueve álbumes de estudio, y casi todos se convirtieron en objetos de culto. Oktubre (1986) es considerado por muchos como la obra cumbre del rock nacional de los ochenta, con canciones como Preso en mi ciudad y Juguetes perdidos que retrataban una Argentina gris, atravesada por la hiperinflación y el desencanto. Un baión para el ojo idiota (1988) trajo Tarea fina y Motor psico. Y ya en los noventa, Lobo suelto, cordero atado (1993) y Luzbelito (1996) mostraron a una banda que seguía creciendo sin perder su esencia.

Canciones como Un ángel para tu soledad, Crímenes perfectos o Todo un palo se volvieron parte del cancionero popular, entonadas en las previas de los partidos, en las reuniones familiares o en cualquier lugar donde se juntaran dos o tres personas con una guitarra.
La despedida de los Redondos y el regreso como solista
En 2001, después de un recital en el estadio de Racing Club que quedó para la historia, la banda se separó. Cada uno siguió su camino: Skay con su carrera solista, el Indio con un silencio que duró varios años. Pero en 2007, Solari volvió a las andadas con los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, una formación que mantuvo el espíritu ricotero pero con un sonido más crudo y directo.
Con ellos editó varios discos y volvió a llenar estadios. Sin embargo, la salud empezó a jugarle en contra. En 2017 sufrió un accidente cerebrovascular en pleno recital en Olavarría, lo que lo obligó a reinventar su forma de cantar y moverse en el escenario. Pese a todo, nunca bajó los brazos. En sus últimos años, el Indio solía decir que la única promesa que le quedaba por cumplir era la de seguir cantando. Y lo hizo hasta donde el cuerpo le permitió.

Un legado que no necesita epitafio
Carlos Solari no fue un rockstar al uso. No le interesaban las alfombras rojas ni las declaraciones grandilocuentes. Fue, ante todo, un tipo que escribió versos raros y hermosos, que entendió al rock como un territorio de libertad absoluta. Por eso su muerte no se siente como un final, sino como un recordatorio de todo lo que construyó.
Los fanáticos del conurbano, esos que lo vieron en el Luar Bar de Lomas o en el Country Club de Banfield, saben que fueron testigos de algo único. Los más jóvenes, que apenas lo atraparon al vuelo, son los herederos una discografía enorme. El Indio Solari se fue, pero su voz sigue sonando cada vez que alguien pone Oktubre a todo volumen o se anima a cantar a los gritos eso de que “vivir solo cuesta vida”. Y vaya que lo vale.

