jueves 28 mayo, 2026

El cine nacional como reclamo de soberanía y reparación de la causa Malvinas

La Guerra de Malvinas no terminó el 14 de junio de 1982; al menos no en el imaginario colectivo argentino. Desde el regreso de las tropas, el cine ha funcionado como un laboratorio de memoria donde se procesan el trauma, la derrota y el reclamo de soberanía. Esta producción audiovisual, que abarca más de cuatro décadas, constituye un mapa emocional de la nación que ha sabido mutar desde la denuncia urgente de los años ochenta hasta la complejidad narrativa de las superproducciones actuales.

El primer gran hito de esta historia llegó apenas dos años después del conflicto con Los chicos de la guerra (1984). Dirigida por Bebe Kamin y basada en el libro de entrevistas de Daniel Kon, la película se convirtió en un fenómeno social al retratar la vida de tres jóvenes de diferentes estratos sociales —Fabian, Santiago y Pablo— enviados al frente de batalla. El film no solo expuso las precarias condiciones en las islas, sino que profundizó en las secuelas psicológicas y la difícil reinserción en una sociedad que, tras el fin de la dictadura, intentaba mirar hacia otro lado. En esa misma atmósfera de transición democrática, Jorge Denti presentó Malvinas, historias de traiciones (1984), un documental filmado originalmente en 16 mm y dedicado al desaparecido Raymundo Gleyzer. A diferencia de la ficción de Kamin, Denti propuso un análisis político y social crudo, incorporando testimonios de las Madres de Plaza de Mayo y de historiadores británicos críticos de Margaret Thatcher para denunciar el uso demagógico del conflicto por parte de la junta militar.

Hacia finales de la década, la mirada se trasladó al interior profundo con La deuda interna (1988). Bajo la dirección de Miguel Pereira, esta coproducción con el Reino Unido narró el vínculo entre un maestro rural y su alumno en Chorcán, Jujuy, un joven de origen indígena que es convocado para la guerra y termina desapareciendo en el hundimiento del crucero ARA General Belgrano. La película utilizó el paisaje andino como una metáfora de la soledad y la postergación estatal, sugiriendo que la guerra fue una deuda más del centro hacia la periferia.

Durante los años noventa, el cine sobre Malvinas se volvió más introspectivo y, en ocasiones, innovador en su forma. En 1995, Bruno Stagnaro presentó el cortometraje Guarisove, los olvidados, una pieza fundamental de la estética del Nuevo Cine Argentino que, mediante un humor amargo, mostró a un pequeño batallón incomunicado en las islas que ignora la rendición de las tropas argentinas. Al año siguiente, Federico Urioste estrenó el documental Hundan al Belgrano (1996), una investigación exhaustiva que reconstruyó el ataque al crucero homónimo y analizó la estrategia británica de expansión en el Atlántico Sur desde el siglo XVIII. El cierre de la década estuvo marcado por El visitante (1999), de Javier Olivera, donde Julio Chávez interpretó a Pedro, un veterano acosado por las visiones de sus compañeros caídos. La película incluyó un cameo de la banda Almafuerte, cuya canción homónima se convirtió en un himno de resistencia para los excombatientes.

El cambio de milenio trajo propuestas arriesgadas como Fuckland (2000), dirigida por José Luis Marqués bajo los preceptos del Manifiesto Dogma 95. Filmada en clandestinidad en las islas, la película siguió a un argentino que planeaba reconquistar el territorio mediante la procreación con mujeres nativas, una premisa disparatada que sirvió para reflexionar sobre la persistencia del reclamo. Sin embargo, la obra que redefinió el género bélico nacional fue Iluminados por el fuego (2005). Dirigida por Tristán Bauer y protagonizada por Gastón Pauls, la película se basó en los recuerdos de Edgardo Esteban y fue pionera en el uso de efectos digitales para recrear los combates en Monte Longdon. Bauer logró rodar en locaciones reales de Puerto Argentino y el cementerio de Darwin, dotando al film de una carga emocional que visibilizó como nunca antes la problemática del suicidio de posguerra.

En ese mismo ciclo de reparación histórica, Julio Cardoso presentó el documental Locos de la bandera (2005), que dio voz a los familiares de los 649 caídos en su lucha por identificar los restos de sus seres queridos. Simultáneamente, Ramiro Longo estrenó No tan nuestras (2005), una obra que desafió la inercia social al narrar la experiencia del veterano Sergio Delgado como prisionero de guerra, explorando la vulnerabilidad del soldado tras la rendición. Pocos años después, César Turturro alcanzó un éxito masivo en plataformas digitales con 1982 Malvinas, la guerra desde el aire (2009), un documental que utilizó animaciones 3D de alta fidelidad para explicar las proezas tácticas de los pilotos argentinos frente a la tecnología de la OTAN. En el mismo periodo, Rodrigo Fernández Engler debutó con Cartas a Malvinas (2009), protagonizada por Víctor Laplace, resaltando el valor de la comunicación escrita como único puente emocional entre el frente y el continente.

La última década ha sido testigo de una diversificación necesaria de las perspectivas.  Soldado argentino solo conocido por Dios (2016), un nuevo abordaje del tema por parte de Fernández Engler una ficción que recuperó la historia de tres jóvenes de Traslasierra, Córdoba, abordando la leyenda del “soldado Pedro” y la resistencia heroica en los últimos días de la guerra. Por su parte, Lola Arias rompió los límites entre cine y teatro en Teatro de guerra (2018), donde reunió a veteranos argentinos y británicos para actuar sus propios recuerdos, transformando el trauma bélico en un acontecimiento artístico que cuestiona las masculinidades forjadas en el combate. En el terreno documental, Lucas Gallo presentó 1982 (2019), un montaje de archivos televisivos que expuso con lucidez la manipulación mediática y el triunfalismo cínico de la dictadura. Finalmente, Federico Strifezzo rescató la participación femenina en Nosotras también estuvimos (2020), documental que siguió el regreso de tres enfermeras de la Fuerza Aérea al hospital móvil de Comodoro Rivadavia, rompiendo décadas de silencio institucional.

Un capítulo aparte merece la adaptación de El Eternauta dirigida por Bruno Stagnaro para Netflix en 2025. En esta revisión contemporánea, Juan Salvo (Ricardo Darín) no es un empresario de los años cincuenta, sino un veterano de la Batalla de Monte Longdon. La serie integra Malvinas de forma estructural: el estrés postraumático de Salvo se manifiesta a través de “islas mentales” y visiones de combate que se disparan con la llegada de la nieve mortal sobre Buenos Aires. Esta decisión narrativa justifica la capacidad táctica del protagonista y resalta el valor de la tecnología mecánica antigua —la “sabiduría de lo viejo”— frente a la parálisis electrónica provocada por los invasores. La serie utiliza radios de aficionados y licencias reales como la LU5DA para tejer un puente entre la resistencia civil y el apoyo de los radioaficionados durante 1982.

La memoria sigue activa en producciones recientes como Operación Chocolate (2022), de Carlos Castro y Silvia Maturana, que investigó la estafa moral de las donaciones que nunca llegaron al frente mediante la historia de un niño y su chocolate enviado por correo. En 2024, Delfina Bassini estrenó Malvinas, legado de sangre, un documental rodado en las islas que utilizó animaciones 2D para ilustrar los silencios de ocho veteranos que regresaron acompañados por sus descendientes. Finalmente, en 2025, Gabriela Naso presentó Las voces del silencio, una obra testimonial sobre las denuncias de torturas sufridas por soldados a manos de sus propios oficiales, un tema que marca la frontera actual de la búsqueda de justicia por la causa Malvinas.

Estas obras a lo largo de más de cuatro décadas, dejan en evidencia que el cine no es un mero observador pasivo del pasado. Es, en rigor, un acto de resistencia cultural que se niega a aceptar el olvido y el silencio, donde cada película , documental o serie tiene el valor de darle rostro a los que no volvieron y voz a los que obligaron a callar por décadas.

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