La celebración del Día del Cine Nacional cada 23 de mayo invita a repasar la memoria colectiva del país a través de la pantalla grande. Esta fecha conmemora el estreno en 1909 de La Revolución de Mayo, la obra dirigida por Mario Gallo que marcó el nacimiento de la producción argumental en el país. A partir de ese hito primitivo, las pantallas locales se convirtieron en un espejo indispensable para entender las transformaciones culturales, los debates sociales y las heridas históricas de la comunidad.

La filmografía argentina construyó su prestigio mediante una notable variedad de registros y estéticas. En ese camino, obras fundamentales moldearon la sensibilidad popular. La comedia costumbrista encontró su punto más alto en Esperando la carroza (Alejandro Doria,1985), un retrato filoso de la idiosincrasia familiar que el público adoptó como propio. Casi en paralelo, la necesidad de revisar el pasado reciente dio lugar a proyectos de hondo impacto como La noche de los lápices (Héctor Olivera,1986), consolidando un compromiso ético con la memoria que ya se había proyectado a nivel global con el reconocimiento internacional del primer premio Oscar a Mejor pelicula extranjera para La historia oficial (Luis Puenzo,1985).

Las décadas posteriores ensancharon las fronteras creativas del sector. El fin de siglo trajo consigo una renovación estética total de la mano de Pizza, birra, faso (Bruno Stagnaro, Israel Adrián Caetano, 1997), un título que corrió los límites de la narrativa tradicional al retratar la realidad urbana con una crudeza directa y un lenguaje cercano al espectador común. Años más tarde, la madurez de la industria local volvería a quedar ratificada con la proyección global de El secreto de sus ojos (Juan José Campanella,2009), valiendole alzarse con el galardon de mejor pelicula extranjera en la noche de los premios Oscar, demostrando que las historias locales, cuando apuestan a la precisión técnica y a la profundidad dramática, logran conectar con audiencias de todo el mundo.

Esta extensa tradición cinematográfica no se limitó a los grandes centros de producción porteños; el conurbano bonaerense tuvo un rol decisivo desde los comienzos de la época dorada. Lomas de Zamora ocupa un lugar de privilegio en este mapa histórico, vinculado estrechamente a figuras clave de la cultura nacional. La zona de Villa Galicia, en Temperley, se convirtió a mediados del siglo pasado en un polo técnico fundamental gracias al empuje de Luis Sandrini. Esa infraestructura barrial sirvió como base para que directores de la talla de Lucas Demare desarrollaran tareas complejas de filmación de interiores y postproducción.

Fue justamente en esos talleres y espacios lomenses donde Demare, reconocido por su rigurosidad técnica adquirida en Europa, dio forma a segmentos fundamentales de La guerra gaucha (1942). Esta obra cumbre del cine de época, que requería un cuidado milimétrico en sus detalles escenográficos y sonoros para recrear la gesta independentista, encontró en los talleres mecánicos y de carpintería de la región el soporte logístico necesario para resolver efectos especiales y montajes de interiores complejos. La labor de Demare en el distrito demostró muy temprano que las calles de la provincia podían ofrecer soluciones técnicas avanzadas para las producciones cinematográficas más ambiciosas de la era dorada.

En 1974, la casa de la familia Pecorelli en Turdera, ubicada en la calle Riego Núñez al 300, fue el epicentro de la filmación de “La Madre María” la sanadora interpretada por Tita Merello, y el entonces denominado “Campo de Finck”, hoy conocido como Parque Finky, fue el lugar elegido para filmar las escenas más crudas de la película.

En 2004, el director Juan José Campanella filmó “Luna de Avellaneda” en el Club Juventud Unida de Llavallol. La película, que retrata las vicisitudes de un club de barrio y la lucha de sus socios por mantenerlo a flote, reflejando la crisis social y económica de la Argentina posterior a la crisis del 2001.

Esa herencia como espacio de creación se mantiene completamente viva en la actualidad, donde el municipio es redescubierto constantemente por realizadores contemporáneos que buscan escapar de la artificialidad de los estudios tradicionales. La irrupción de directores como Demián Rugna, un referente clave del cine de terror y suspenso actual, puso en valor la particular fisonomía de la Reserva Santa Catalina. Los senderos ocultos y la densa arboleda de este pulmón verde se transformaron en el escenario ideal para Cuando acecha la maldad , aportando atmósferas de aislamiento y misterio. La luz natural filtrada por la vegetación y la niebla propia de la zona aportaron un valor estético orgánico y perturbador, convirtiendo al entorno natural en un personaje más de la trama.

Este nuevo aniversario, sin embargo, encuentra a la comunidad audiovisual en una coyuntura marcada por la preocupación y la movilización permanente. El sector cultural argentino atraviesa un período de profunda tensión debido a las políticas de desfinanciamiento y recortes presupuestarios sostenidas por el gobierno nacional de Javier Milei, una situación que afecta de forma directa tanto a las grandes producciones como al engranaje técnico, logístico y la formativo de nuevos realizadores. La reducción drástica de los fondos tradicionales destinados al fomento cinematográfico instaló un escenario de debate y resistencia donde trabajadores, realizadores y vecinos defienden la continuidad de la industria frente al riesgo de paralización de futuros proyectos.

A pesar de este adverso panorama institucional, el cine nacional demuestra una inquebrantable voluntad de resistencia y continúa cosechando elogios internacionales que ratifican su vigencia en el mundo. La potencia de las narrativas locales sigue abriéndose paso en los festivales más exigentes del circuito global; un fenómeno evidente con la repercusión de El jockey (Luis Ortega, 2024 ) en Venecia y la expansión internacional del cine de género local durante 2024.

Esta tendencia se consolidó con fuerza mediante la obtención del prestigioso Oso de Plata – Premio del Jurado en la Berlinale por la película El mensaje (Iván Fund,2025) sumado a los reconocimientos obtenidos por las producciones Las corrientes (Milagros Mumenthaler, 2025) y Belén (Dolores Fonzi, 2025) en el Festival de San Sebastián. Los galardones y la constante selección en las pantallas internacionales exponen que, aun frente a los intentos de asfixia presupuestaria, la creatividad argentina no se detiene y encuentra en sus raíces la fuerza necesaria para seguir conmoviendo al mundo.

