A lo largo de su historia Lomas de Zamora no es solo el epicentro del sur bonaerense; desde que el celuloide comenzó a registrar ficciones en 24 cuadros por segundo, Lomas de Zamora ha tenido un lugar preponderante, acaso como uno de los sets de filmación definitivos para cuando el cine argentino necesita esa dosis de verdad que el asfalto porteño no puede comprar. Desde edificios históricos hasta rincones que parecen detenidos en el tiempo, la localidad aun es un mapa de texturas que narra nuestra identidad, entre el barrio, la epopeya y la resistencia.
Mientras las luces de la Ciudad de Buenos Aires se quedan en la superficie, Lomas de Zamora ofrece esa textura de barrio, mística y misterio que directores como Lucas Demare o Demián Rugna supieron explotar para crear clásicos, ayer y hoy.
Villa Galicia: El Hollywood oculto de Sandrini
Villa Galicia no solo es un rincón de calles tranquilas en Temperley; es el sitio donde el actor más popular de la Argentina de entonces, Luis Sandrini, montó su propio búnker creativo, el estudio Cinematográfico Iguazú en la manzana de Rubén Darío, Juncal, Anatole France e Ituzaingó. Este estudio donde décadas más tarde se instaló la empresa Fabrilomas, data de una época donde el cine nacional, le peleaba de igual a igual a las grandes capitales cinematográficas del mundo.

El vínculo entre Sandrini y el director Lucas Demare fue el motor que dio presencia a Villa Galicia y alrededores en el cine nacional. Se conocieron trabajando en la película Chingoloy forjaron una alianza que duró décadas.
Los vecinos de la Villa Galicia aseguran que fue en estos estudios donde Demare, un perfeccionista que venía de aprender el oficio como peón en España, realizó gran parte de la posproducción y rodajes de interiores de sus películas más ambiciosas, incluyendo fragmentos e interiores de la épica La guerra gaucha, obra que definió a la industria del cine nacional y sorprendió al Hollywood de la época dorada.
Turdera y la mística de la Madre María
Si caminás por la calle Riego Núñez al 300, estás pisando historia pura. En 1974, la casa de la familia Pecorelli en Turdera fue el epicentro de la filmación de La Madre María. No fue solo un rodaje; fue una revolución. Para recrear la casa de Pancho Sierra —el mentor de la icónica sanadora interpretada por Tita Merello—, la producción construyó un aljibe real y transformó la zona en un escenario de época con carretas y extras locales.
Por entonces el “Campo de Finck” hoy conocido como Parque Finky fue testigo de las tomas más crudas de la película, con ataúdes de madera recreando las epidemias de antaño. La Merello, es descripta por el anecdotario vecinal como “espléndida y franca”, mientras se cambiaba y tomaba mate en las casas de los vecinos, dejando una huella de identidad barrial que todavía se respira en el aire.
Temperley: amor, nostalgia y la identidad “Gasolera”
En Lomas, más precisamente en Temperley, el cine cine nacional también encontró espacio para el romance y la pertenencia. En el año 2000, Alberto Lecchi filmó Nueces para el amor, un viaje emocional protagonizado por Ariadna Gil y Gastón Pauls: mientras los recuerdos de la adolescencia en el barrio estallan en colores vivos —reflejando la intensidad del primer amor y la juventud—. En tanto el tiempo presente del relato se sostiene en un gris melancólico, registrado en un blanco y negro que acentúa el peso de los años y las ausencias

La identidad “gasolera” termina de sellar el pacto con el espectador. Las referencias al Club Atlético Temperley no son un detalle de color; son el anclaje emocional de una historia que respira el aire de las estaciones y las calles arboladas del sur. Lecchi logró que el barrio no fuera solo el fondo, sino el protagonista de esa transición entre la luz del pasado y la sobriedad del presente
Suspenso y terror de exportación en la Reserva Santa Catalina
¿Por qué grandes directores eligen filmar en Lomas? Acaso por su peculiar característica de conjugar ciudad, pasado ferroviario y amplios espacios verdes, Lomas de Zamora el nuevo fetiche de las cámaras que buscan escapar del decorado de cartón, Durlock y artificio de Palermo Soho. Ya no es solo el refugio de los nostálgicos de la edad de oro; hoy, Lomas y otras localidades del sur bonaerense son el escenario donde se cocina el cine más crudo, místico y perturbador de la región. El Conurbano dejó de ser “periferia” para ser el protagonista de una estética que Netflix y el cine de autor ya no pueden ignorar.
Cuando Netflix decidió meterse en el barro de la política y la religión con El Reino (2021), Marcelo Piñeyro (Plata Quemada, Tango Feroz) no buscó un estudio con pantalla verde y aire acondicionado. Se fue a las hectáreas de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNLZ. Mas específicamente en el Instituto Fitotécnico de Santa Catalina en Lavallol, para utilizarlo como el lúgubre escenario del “Hogar de Niños de la Iglesia de la Luz”. Este histórico edificio del siglo XIX, ex Rectorado de la UNLZ, aparece desde el primer capítulo y es fundamental para la trama de la serie en sus dos temporadas. Entre los muros históricos y la vegetación salvaje de la Reserva Santa Catalina, el Chino DarÍn y Peter Lanzani, buscan salvar a los niños que residen en una “institución antigua y misteriosa” que pertenece a una figura con ansia de poder interpretada por Diego Peretti .
Para entender por qué Demián Rugna terminó metiendo cámaras en el corazón de Lomas de Zamora, hay que entender que su cine no busca el susto fácil, sino la atmósfera que asfixia. En su búsqueda de esa “sensación de aislamiento y decadencia”, el director de encontró en el predio de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora el ecosistema perfecto: un lugar donde la civilización parece estar perdiendo la batalla contra el tiempo y la maleza.
Rugna no es de los que se encierran en un set con pantalla verde. Para él, filmar en exteriores es “un dolor de cabeza” necesario para ganar oxígeno y textura, brindando identidad visual al relato. En el campus de la UNLZ, el equipo de arte liderado por Laura Aguerrebehere detectó que el edificio abandonado del predio —un gigante de ladrillo y silencio— tenía la esencia para transformarse en la escuela rural donde la maldad termina de estallar.
No fue solo una cuestión logística. Las escenas grabadas en este punto de La reserva Santa Catalina funcionan porque el espectador siente que está en un “interior argentino” remoto, cuando en realidad la producción estaba aprovechando la arquitectura histórica de una de las universidades más importantes del conurbano.
Con Algo viejo, algo nuevo, algo prestado (2024), el realizador Hernán Rosselli, coloco -por el momento- la última joya de la corona cinematográfica lomense. Con un paso relevante por la Quincena de Realizadores en el Festival Cannes, es un viaje directo a las entrañas de Lomas. Rosselli, que conoce el código de barrio como nadie, registra las calles de Lomas y Temperley no como un adorno, sino como el motor de una historia que mezcla la nostalgia documentada con la ficción. En la obra de Hernán Rosselli las casas, las calles y la luz de la tarde tienen esa “impronta de barrio” donde el cine captura la vida sin filtros.
Desde los estudios “secretos” de Luis Sandrini en Villa Galicia hasta los rodajes de la actualidad, Lomas de Zamora mantiene esa mística de lugar donde todo puede pasar. Ya sea recreando una sanación de la Madre María en una casa de Turdera o un brote demoníaco en un descampado, el sur ofrece una “holgura y textura sin igual en sus locaciones” que el asfalto porteño simplemente no puede comprar.

