A 44 años del hundimiento del ARA General Belgrano, la memoria vuelve a señalar uno de los episodios más trágicos y controvertidos de la Guerra de Malvinas. El ataque, ordenado por el gobierno británico de Margaret Thatcher, dejó un saldo de 323 tripulantes argentinos muertos y marcó un punto de inflexión en el conflicto, con consecuencias políticas y militares que aún generan debate.
El crucero tenía una extensa historia antes de 1982. Había sido construido en Estados Unidos en 1938 bajo el nombre USS Phoenix y sobrevivió al ataque a Pearl Harbor. En 1951, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, fue adquirido por la Argentina y rebautizado “17 de Octubre”. Tras el golpe de 1955, pasó a llamarse ARA General Belgrano, nombre con el que entró en la historia.
El 2 de mayo de 1982, mientras navegaba fuera de la zona de exclusión marítima impuesta por el Reino Unido, el buque fue atacado por el submarino nuclear HMS Conqueror. La orden partió directamente del gabinete de guerra británico, que habilitó el lanzamiento de tres torpedos. Dos impactaron de lleno, provocando daños irreversibles que llevaron al hundimiento del crucero en menos de una hora, en medio de condiciones climáticas extremas.
La tragedia no solo significó la mayor pérdida de vidas argentinas en la guerra, sino que también frustró una instancia de negociación de paz que estaba en curso. A partir de ese momento, la flota argentina se replegó, alterando el desarrollo del conflicto y profundizando la desigualdad de fuerzas en el Atlántico Sur.
Entre los caídos había cinco jóvenes de Lomas de Zamora, cuyas historias forman parte de la memoria local. Héctor Basilio Correa, Rubén Alberto De Rosa, Juan Carlos Lena, Francisco Cáceres y Fabián Pintos fueron los cinco jóvenes lomenses que perdieron la vida el 2 de mayo de 1982, en el ataque ordenado por el gobierno británico fuera de la zona de exclusión.
El impacto en la comunidad fue inmediato y devastador. En un solo instante, el hundimiento del crucero produjo una fractura emocional que atravesó a todo el distrito. Las historias de estos jóvenes, provenientes de Lomas, Temperley, Banfield y Llavallol, condensan el dolor colectivo de una guerra que dejó marcas imborrables en cada barrio.
La dimensión naval del conflicto fue la más letal para la comunidad lomense. A la tragedia del Belgrano se sumó, apenas un día después, el ataque al ARA Aviso Alférez Sobral, donde murió el cabo segundo Ernesto Rubén Del Monte, también vecino del distrito, mientras participaba en una misión de búsqueda y rescate en condiciones extremas.
A más de cuatro décadas, el recuerdo de Correa, De Rosa, Lena, Cáceres, Pintos y Del Monte sigue vigente en cada homenaje. Sus nombres no solo reconstruyen la historia: interpelan el presente y reafirman el compromiso de la comunidad con la memoria, la soberanía y la justicia.
EL RESCATE
Desde Río Grande, la Escuadrilla Aeronaval de Exploración desplegó sus aeronaves Neptune. El primero en salir fue el 2-P-112, al mando del entonces Capitán de Corbeta Ernesto Proni Leston, que voló durante nueve horas a muy baja altura sin lograr detectar rastros del crucero. En paralelo, se sumaron al operativo los destructores ARA Piedrabuena y ARA Bouchard, junto al aviso ARA Gurruchaga y el buque polar ARA Bahía Paraíso, adaptado como hospital.
Las condiciones eran adversas: baja visibilidad, temperaturas extremas y balsas a la deriva que se habían desplazado unos 80 kilómetros del lugar del hundimiento. Recién al mediodía del día siguiente, un segundo Neptune logró divisarlas, en una maniobra límite, cuando el combustible apenas alcanzaba para regresar. Esa decisión permitió ubicar a los primeros sobrevivientes en medio del Atlántico Sur.
El rescate fue llevado adelante por las tripulaciones navales, que actuaron con una determinación que quedó sintetizada en la frase del comandante del Gurruchaga, Álvaro Vásquez: “Hasta la última balsa”. Tras más de 20 horas en el agua, el Gurruchaga rescató 40 sobrevivientes, el Bouchard 41 y el Piedrabuena otros 42, mientras se seguían localizando balsas con apoyo aéreo.
La operación continuó con la participación de más aeronaves y buques, en una tarea coordinada que combinó precisión y compromiso en condiciones extremas. En medio del dolor por las pérdidas, el rescate de los náufragos se convirtió en una muestra de solidaridad y entrega que también forma parte de la historia del Belgrano.

