En las últimas semanas se registraron hechos trágicos que vuelven a poner en el centro a las adolescencias y su vulnerabilidad. Por un lado, el tiroteo en Santa Fe, donde un joven de 15 años irrumpió con una escopeta en una escuela y asesinó a su compañero Ian Cabrera. Por otro, el caso de Maitena Luz Rojas Garófalo, la chica de 14 años encontrada muerta en Las Heras tras haber desaparecido cuando se dirigía a la escuela. La adolescente, oriunda de Merlo, había dejado cartas y mails programados para sus seres queridos. A esto se suma una situación impactante en el conurbano: una joven de 15 años que, tras ocultar su embarazo durante meses, dio a luz sola en una estación de tren de Ezpeleta luego de buscar orientación a través de inteligencia artificial.
Aunque a simple vista estos casos parecen distintos, comparten un trasfondo inquietante: la exposición de niños y adolescentes a entornos digitales sin control y la falta de acompañamiento adulto. En algunos de estos episodios, incluso, se investiga la posible influencia de comunidades digitales que promueven conductas dañinas, tanto para uno mismo como para otros.
La escena se repite: chicos y chicas navegando sin límites en vitrinas digitales infinitas, muchas veces sin supervisión. Las pantallas, convertidas en una suerte de “chupete electrónico”, empiezan a mostrar su costado más problemático. Mientras tanto, crece una certeza incómoda: gran parte de los adultos desconoce qué consumen realmente los adolescentes. Incluso existen mecanismos diseñados para simular control, como aplicaciones falsas o entornos paralelos que escapan a la mirada familiar.
En este contexto, el diálogo parece haberse vuelto un terreno difícil. Y mientras tanto, la escuela queda en el centro de la escena, exigida para responder a problemáticas que exceden ampliamente su función. Los recientes episodios de amenazas de tiroteos, muchas veces planteados como “bromas”, se multiplicaron en todo el país y reflejan algo más profundo: un llamado de atención de jóvenes que necesitan ser escuchados. Cuando no hay palabra, muchas veces aparece la violencia.
A esto se suma una realidad social compleja: adultos que trabajan largas jornadas para sostener sus hogares, atravesados también por sus propias tensiones, que dejan espacios vacíos difíciles de llenar. En ese vacío irrumpen las redes sociales y las plataformas digitales como principales formadoras de sentido.
En paralelo, muchas familias reclaman mayores medidas de seguridad en las escuelas. Sin embargo, los docentes no fueron formados para ejercer roles de control o seguridad, sino para enseñar. También enfrentan condiciones laborales precarias y un desgaste creciente. Aun así, la escuela sigue siendo, en muchos casos, un espacio de contención fundamental. Para muchos chicos, es el lugar donde pueden comer, resguardarse del frío o simplemente estar mejor que en otros ámbitos.
Frente a este escenario, se vuelve necesario asumir una responsabilidad colectiva. Abordar los temas incómodos, recuperar el diálogo con las juventudes y tratar de comprender qué les sucede. La salud mental de los jóvenes no puede pensarse aislada de la de los adultos ni del contexto social que los rodea. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una forma de reconocer límites y construir respuestas.
Entre desafíos virales, espectacularización de la violencia y contenidos que mezclan entretenimiento con tragedia, el mundo digital avanza sin pausa. El desafío, hoy, es volver a poner en el centro el cuidado, la escucha y el acompañamiento real.

