Daniel Oscar Buira tenía el ritmo en las venas. Como el primer baterista que marcó el pulso inicial de Los Piojos, supo ser parte del semillero del rock argentino en los años 90. Pero su vida no se limitó a los escenarios multitudinarios; encontró su lugar en el barrio, formando nuevas generaciones de percusionistas. Fue allí, precisamente, donde la música se detuvo para siempre. El músico falleció esta madrugada a los 55 años en el patio de su propia escuela de percusión, La Chilinga, ubicada en la localidad bonaerense de El Palomar, partido de Morón.
Según las primeras informaciones, Buira se descompensó cerca de las cuatro de la madrugada. Quienes lo conocían sabían de su condición de asmática, y en esos momentos críticos pidió auxilio debido a la dificultad para respirar, perdiendo el conocimiento casi de inmediato. A pesar de la rápida llegada de los médicos del SAME, las maniobras de reanimación no lograron revertir el cuadro. La Fiscalía N° 8 de Morón ya inició las actuaciones de rigor, ordenando las pericias necesarias para determinar las causales exactas del deceso.

Para muchos, el nombre de Buira está ligado indisolublemente a los primeros acordes de la banda de Ciudad Jardín. Integrante fundador de Los Piojos en 1988, su batería fue el cimiento de los primeros cinco discos del grupo, una etapa dorada que marcó a toda una generación. Su partida de la formación en 1999 no significó un adiós a la música, sino una apertura hacia nuevos horizontes. Durante años, su versatilidad lo llevó a compartir escenarios y estudios con un abanico impresionante de artistas que van desde Vicentico y Pedro Aznar hasta Calle 13, Fito Páez, Mercedes Sosa y Diego Torres, demostrando una ductilidad que pocos músicos poseen.
Sin embargo, donde Buira dejó una huella imborrable fue en su faceta de educador y gestor cultural. En 1995, fundó la Escuela de Percusión La Chilinga, un espacio que trascendió lo académico para convertirse en un punto de encuentro comunitario. Fiel a sus convicciones, Buira convertía los parches de los tambores en una herramienta de memoria. La impronta de Daniel Buira, sin embargo, trascendió lo musical para anclarse en lo más profundo de la militancia por los derechos humanos. Todos los 24 de marzo, desde hace casi treinta años, La Chilinga salía a la calle. La escuela participaba sistemáticamente de los actos conmemorativos por el Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, llevando sus tambores a las marchas y concentraciones que cada año recorren el país.
Para Buira, el ritmo no era un simple adorno en esas fechas: era una forma de hacer presente la memoria. La percusión, con su carácter colectivo y su capacidad de convocar, se volvía en sus manos una herramienta de concientización. En cada candombe o batucada que desfilaba en las jornadas del 24 de marzo, Buira y sus alumnos establecían un puente sonoro entre la celebración de la vida y el reclamo de justicia. “El tambor es memoria que se escucha”, solía decir en entrevistas, defendiendo la idea de que la cultura popular tiene un rol insustituible en la construcción de la memoria colectiva.

