Una investigación internacional reveló que las condiciones en las que viven las personas —desde la contaminación hasta la desigualdad social— influyen de manera directa en la velocidad con la que envejece el cerebro, un hallazgo que pone el foco en la relación entre calidad de vida y salud neurológica.
El estudio fue publicado en la revista Nature Medicine y contó con la participación de la investigadora Cecilia Jarne, del departamento de Ciencia y Tecnología de la Universidad Nacional de Quilmes. Para llegar a estas conclusiones, se analizaron datos de más de 18.700 personas de 34 países.
Uno de los conceptos centrales del trabajo es el “exposoma”, que refiere al conjunto de factores físicos, sociales y políticos a los que una persona está expuesta a lo largo de su vida. Según los resultados, este conjunto puede explicar hasta 15,5 veces más el envejecimiento cerebral que cualquier factor aislado.
“Cuando se analizan todos estos factores en conjunto, su impacto se multiplica. El ‘cóctel’ de condiciones adversas es mucho más dañino que cada una por separado”, explicó Jarne.
El estudio distingue entre dos dimensiones. Por un lado, el exposoma físico, que incluye variables como la contaminación ambiental, las temperaturas extremas, la mala calidad del agua o la falta de espacios verdes, y que se vincula con cambios estructurales en el cerebro, afectando áreas clave como el sistema límbico, relacionado con la memoria y las emociones.
Por otro lado, el exposoma social abarca factores como la desigualdad económica, la falta de acceso a derechos básicos o la baja representación política. En este caso, el impacto se observa en el funcionamiento del cerebro, alterando redes neuronales vinculadas a procesos cognitivos y emocionales.
Entre las principales conclusiones, los investigadores detectaron que las personas que viven en contextos más desfavorables presentan una mayor diferencia entre su edad biológica cerebral y su edad real. Es decir, sus cerebros muestran signos de envejecimiento más acelerado.
El hallazgo resulta especialmente relevante para regiones como América Latina, donde las desigualdades estructurales son más marcadas. Allí, advierten los especialistas, no solo se ven afectados aspectos como el acceso a la salud o la educación, sino también el propio funcionamiento del cerebro.
Finalmente, el estudio propone un cambio de enfoque: dejar de considerar las enfermedades neurodegenerativas únicamente como procesos inevitables o ligados al paso del tiempo, y comenzar a entenderlas también como consecuencia de las condiciones de vida.

