La legitimación de la violencia vivida durante la última apertura de sesiones en el Congreso profundiza la crisis institucional que desde hace tiempo se ha estado gestando. Aunque el show y la política venían entrelazándose de una manera patológica, esta última performance por parte del presidente Javier Milei marca, sin dudas, un antes y un después en términos de comunicación política.
Es sabida la estrategia libertaria de descalificar a quien sea que se presente como una amenaza para el relato oficialista. La dicotomía amigo/enemigo, donde no existe ningún tipo de medias tintas, le ha sido totalmente funcional a esta lógica de construcción de poder. En un terreno abonado por la aversión, la búsqueda de un culpable es imprescindible para la consolidación de este discurso.
Este culpable es permeable al cambio y varía por turnos. En el banquillo de acusados pueden estar los trabajadores que “no quieren laburar”; los sindicatos “que son una mafia organizada”; los jubilados que “no son realmente jubilados sino infiltrados que quieren alterar el orden público”; los discapacitados que “falsifican certificados”; los estudiantes “que son militantes encubiertos”; los extranjeros que “no pagan por la salud y la educación”; las pymes y las grandes empresas “que no se adaptan para poder competir en el mercado internacional”. Y la lista podría continuar. Ni los glaciares, que “son rocas que no sirven para nada”, quedan a salvo de este atropello. Seguramente al lector se le ocurrirán unos cuantos más, pero la pereza intelectual y la urgencia de los tiempos que acontecen nos obligan a continuar estas líneas.
“Kukas, yo les voy a avisar algo, kukas: me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar y a la gran mayoría les encanta verlos llorar”, disparó el presidente, enardecido, desde un estrado en un lugar donde solo él tenía micrófono y, por lo tanto, la posibilidad de ser oído. Tal asimetría de poder en un contexto democrático resulta, por lo menos, difícil de procesar.
Mucho se ha hablado ya sobre la salud mental del Ejecutivo nacional, pero hay algo mucho más preocupante que eso. Existe un clima social propicio para este tipo de conductas. No hay un repudio generalizado. El peligro de naturalizar que un jefe de Estado pueda gritar y descalificar a otro sin que haya algún tipo de consecuencias, o por lo menos de “condena social”, es la alerta que aquí pretendemos encender.
Lo sucedido el domingo pasado no puede pasar inadvertido. Tiene que marcar un punto de inflexión. Tiene que ser un tema sobre el que hasta el ciudadano más apático pueda reflexionar y llegar a la conclusión de lo inconcebible que es que una figura con tanto poder se exprese de esa manera.
Si bien esta dinámica pertenece a la lógica discursiva libertaria y algo de lo “outsider” que pudo ser en su momento la figura de Milei prendió de alguna manera en un electorado iracundo, no habría que olvidar el hecho de que gran parte de lo dicho por el presidente no se corresponde con la verdad. Quizás también su descontrol emocional no sea tan premeditado, sino producto de los eventos que se han suscitado y que han hecho que el líder quede al descubierto como lo que realmente es. ¿Será que los gritos son necesarios para instalar las falacias que la realidad no comprueba?
En una época donde la política se “realityshowizó” —perdonará el lector si existe una palabra más adecuada que este neologismo que acabamos de acuñar—, queda claro que las lógicas discursivas han mutado, y no necesariamente para mejor. El debate argumental que debería darse en un recinto legislativo no sobrevivió a este sistema degradante de producción y consumo de la palabra.

