El avance de las apuestas online entre adolescentes encendió nuevas alertas en especialistas y organizaciones sociales, que advierten sobre un fenómeno cada vez más extendido: la ilusión de control. Bajo frases como “yo no juego, estudio estadísticas”, muchos jóvenes minimizan los riesgos de una práctica que ya muestra impactos en su bienestar emocional y su relación con el dinero.
Según un relevamiento de la organización Chicos.net, gran parte de los adolescentes no percibe las apuestas como un problema, sino como una actividad recreativa o una forma de obtener ingresos rápidos. Sin embargo, detrás de esa percepción opera un sistema basado en probabilidades matemáticas que, en la práctica, siempre favorece a las plataformas.
El ingreso a este mundo suele estar motivado por múltiples factores. Datos del Observatorio Humanitario de la Cruz Roja indican que el 89% de los jóvenes comienza por curiosidad, el 84% por entretenimiento y más de la mitad por la expectativa de ganar dinero. A esto se suma el fuerte incentivo de bonos promocionales, que funcionan como puerta de entrada y refuerzan la permanencia en las plataformas.
Uno de los puntos más críticos es el lenguaje: los adolescentes hablan de “jugar” cuando en realidad están apostando dinero. Esta diferencia no es menor, ya que contribuye a naturalizar la práctica y a invisibilizar sus riesgos, integrándola al ocio digital cotidiano.
El fenómeno encontró además un contexto favorable en los últimos años. Eventos masivos como el Copa Mundial de la FIFA 2022 impulsaron la popularización de las apuestas deportivas, incorporándolas al consumo habitual de contenidos vinculados al deporte.
Las consecuencias, advierten especialistas, pueden ser profundas: dificultades para tomar decisiones financieras responsables, deterioro de vínculos sociales y familiares, y una relación problemática con el dinero desde edades tempranas. En algunos casos, incluso, se generan conductas cercanas a la ludopatía.
En este contexto, resulta indispensable visibilizar el problema y promover el rol activo de los adultos en la prevención.
El objetivo es abrir el diálogo y generar conciencia antes de que el hábito se consolide. Porque, detrás de la idea de que “se puede ganar”, lo que está en juego no es solo dinero, sino también la salud emocional y el desarrollo de toda una generación.

