lunes 8 junio, 2026

“Patita”: “El Indio me acompañó hasta en la puerta del quirófano”

Patita es Maximiliano Lagorio, es de Banfield, fue al Nuestra Señora de Lourdes, tiene 38 años y veintiséis operaciones en su historial clínico. Juega al básquet y ostenta con humildad haber formado parte del seleccionado argentino de jugadores con movilidad reducida. Pero la identidad más grande de Patita sea tal vez la de su ser ricotero.

La noticia de la muerte del Indio partió al medio la mañana del viernes pasado en un país históricamente acostumbrado a cantar sus propias tragedias: hoy por ejemplo, “Todo preso es Político”. Pero mientras las pantallas, las redes sociales y las calles se empezaban a llenar de banderas y lágrimas en el Parque Leloir, efemérides de estadio, exégesis sobre el rock nacional y una foto de Skay que nos emocionó a todos. Y la verdadera dimensión del adiós se hacía fuego en el interior de las multitudes. Ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos.

Patita convive con una discapacidad de nacimiento y habita un cuerpo que conoce la hostilidad del bisturí como pocos: a lo largo de su vida cruzó veintiséis veces la puerta de un quirófano. En ese umbral helado, donde la medicina impone su rigor aséptico y el miedo a la disolución paraliza la sangre, la voz de Carlos “El Indio” Solari funcionó para él, invariablemente, como el último hilo de luz antes del apagón oscuro de la anestesia.

—¿Dónde estabas cuando te enteraste de la muerte del Indio y cuál fue tu primera reacción? —Cuando me enteré del fallecimiento del Indio estaba en mi casa. Durmiendo. Recuerdo que me llegó uno de los primeros mensajes de mi amigo contándome.

Así arrancó el día. El viernes por la tarde, Patita fue a Plaza de Mayo —no dudó un segundo— para empezar a despedir a quien tanto la había hecho feliz. Su presencia allí es el relato vivo sobre lo que sucede cuando una experiencia de masas, urdida en la liturgia del pogo, el barro y la bengala, se vuelve paradójicamente el anclaje más solitario, íntimo y necesario para sostener la estructura de una vida humana.

Se hizo protagonista en la comunidad. Su calvicie y la rueda de su silla en su mano derecha revoleandose como una remera. Una foto que replicaba un video que andaba girando por Youtube. Uno de la Kermesse Redonda en el Teatro Flores donde se lo ve haciendo pogo entre la muchedumbre, en trance, fundido en la celebración colectiva.

La imagen se replicó en la Plaza de Mayo, a escasos metros de la Pirámide donde las Madres hacen su ronda, atestiguando el fin de un tiempo, el futuro llega, y confirmando que el duelo es un dolor compartido por cientos de miles.

—¿Qué significó Indio Solari para vos más allá de su música?
—El Indio, para mí, es una persona que siempre me acompañó. Y más allá de su música, nos dejó poesía, resistencia, lucha… y en mi caso me abrió los ojos para también, como decía, ver de qué lado de la mecha nos encontramos. Y que si podés brindarle un abrazo al otro, empatizar y disfrutar, más allá de las piñas de la vida, es por ahí. ¡Cuidar el estado de ánimo!





El Dios de los rotos


Patita no está solo en ese panteón de salvaciones anónimas que estallaron en anécdotas durante la despedida. En esos días de duelo, una mujer sobreviviente de cáncer relató cómo una estrofa del Indio le dio fuerzas cuando el COVID y la quimioterapia la dejaron aislada en la oscuridad absoluta, repitiendo como un mantra vital que, cuando la noche es más oscura, florece el día en el corazón. Cuando la noche, es más oscura…

A su lado en el dolor colectivo, una joven de procedencia humilde lloró de alivio por poder despedir a su ídolo estando “limpia”, agradeciéndole por haberla acompañado en la lucha silenciosa y brutal contra la sustancia blanca. A pocos metros, un expresidiario convertido en abogado resumió el impacto histórico del músico con la contundencia ineludible de un fallo absolutorio: “A mí el Indio me cambió la vida; yo entendí sus canciones estando preso y él, literalmente, me salvó”.

Sentada en el cordón de una vereda en Paraná, otra seguidora terminó de acuñar el título perfecto: lo llamó “el dios de los rotos”, porque sus letras le hablaron directamente a los marginales, a los suicidas y a los apaleados, dándole sentido a su existencia cuando la muerte le dio dos veces un beso en la frente. En sintonía exacta, un militante de un barrio popular de Quilmes sentenció que el Indio le dio un rumbo a su rebeldía, salvándolo de morir en una esquina cualquiera para permitirle, en cambio, dar una vida digna a sus hijos.

Las cicatrices se volvieron las únicas credenciales válidas en la calle: un joven mostró la marca en su pecho, producto de dos cirugías cardíacas, recordando que en terapia intensiva su padre le ponía el disco Gulp! para obligarlo a resistir el pulso del monitor. Ramón, un albañil de Chingolo, lloró al explicar que Solari les regaló a los humildes el cariño que la sociedad y los patrones les niegan sistemáticamente; la misma devoción visceral que llevó a una madre a dar a luz mientras en su viaje de urgencia al hospital sonaba “Jijiji”, pariendo a una ricotera desde la panza.

Cerca del ataúd cerrado, un hombre inmenso de estatura, un gigante completamente roto y desarmado, lloraba a mares gritando a la madera no un simple “me cambiaste”, sino una declaración superadora: “me salvaste la vida”. Fue una despedida mística que logró lo imposible: superar momentáneamente la grieta política, haciendo que un hombre comprara una “goma gigante” para borrar sus prejuicios al ver al pobre abrazar al rico, todo mientras latía una indignación feroz contra un Gobierno nacional que, al negar la Casa Rosada o el Congreso, le faltaba el respeto a una parte constitutiva de la identidad argentina. ¿Qué busca un ser humano en ese precipicio? Algunos buscan a Dios. Otros, el rostro de una madre. Patita encontró a Patricio Rey.

—Como seguidor de tantos años, ¿cuál es el recuerdo más fuerte que te llevás de él y de su obra?

—El recuerdo más fuerte es poder verlo, ya sea con Los Redondos y en su etapa con Los Fundamentalistas, claramente. De él me llevó un cariño enorme y toda su poesía, como desde ya hace años. Mi discapacidad es de nacimiento y tengo 26 operaciones, y en casi todas recuerdo llegar hasta la puerta del quirófano escuchando su música. Sin saber qué podría ocurrirme al despertar, pero él estaba ahí.


Su memoria de ese instante comienza con una pausa implícita, subrayando el choque entre la masividad del ídolo —un hombre capaz de movilizar ciudades enteras en lo que la cultura popular bautizó como “la misa ricotera”— y la intimidad microscópica de su partida. Un mensaje de texto en un cuarto a oscuras y una pantalla que se ilumina alcanzan para confirmar que el mundo acaba de cambiar de eje; porque cuando muere el arquitecto de una patria emocional, para tipos como Patita, no se va solo un músico, se va un guardián de los desamparados.

La poética de lo incomprensible.

—¿Recordás cuándo escuchaste a Los Redondos por primera vez y qué fue lo que te atrapó de su música?

—A Los Redondos los escuché desde muy chico. No recuerdo bien la edad, unos 9, 10 años. Tenía un casete (¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado), lo escuché y ahí todo cambió. Si bien era muy pequeño, con el paso del tiempo fui entendiendo un poquito de lo que él representaba para las generaciones que venían mucho antes de mí. Lo primero que me atrapó fueron sus melodías, luego sus letras. Esa cuestión de poder viajar y no siempre entender de qué trataba, pero el mensaje siempre estaba ahí. Si entendemos las letras, mucho mejor. Pero el misterio y lo lindo es poder tomarlas y llevarlas a nuestros recuerdos e historias.

El álbum es cuestión, un manifiesto áspero repleto de héroes marginales del whisky y perros asesinos, no era lógicamente música infantil, pero la respuesta de Patita encierra la definición más lúcida del fenómeno: no se trataba de decodificar intelectualmente el mensaje de Solari, sino de sintonizar y sentir su frecuencia de refugio. El Indio le dio palabras exactas cuando el dolor no tenía vocabulario, prestándole metáforas filosas para explicar una voluntad de supervivencia que la medicina tradicional solo atinaba a narrar fríamente en estadísticas, pronósticos y suturas.

La respuesta de Patita encierra la definición más brillante que se pueda hacer sobre el fenómeno sociológico y literario de Carlos Solari. No se trataba de decodificar intelectualmente un mensaje, se trataba de sentir su frecuencia. El mensaje siempre estaba ahí. La voz del Indio nunca fue didáctica; nunca entregó respuestas fáciles con moño y tarjeta. Su genio consistió en crear una poética abierta, un test de Rorschach lírico donde las palabras (“ñam fi frufi”, “marquesina”, “glicerina”, “psico-bolche”) colisionaban para crear una atmósfera, un refugio.

“El misterio y lo lindo es poder tomarlas y llevarlas a nuestros recuerdos e historias”, dice Patita, con la sabiduría del que sabe que el arte sólo sirve si sirve para vivir. Para el académico, “Juguetes perdidos” puede ser una elegía a la militancia de los setenta. Para el adolescente del conurbano, el himno de los que aguantan en la esquina. Para Patita, cada letra, comprendida a medias en la infancia y masticada en la adultez, fue el tejido con el que forjó su armadura. El Indio le dio palabras cuando el dolor no tenía vocabulario. Le prestó metáforas para explicar una supervivencia que los partes médicos solo podían narrar en estadísticas y suturas.

¿Qué lugar ocupará el Indio en nuestros corazones?

A medida que el diálogo se extingue, queda flotando en el aire una pregunta inevitable. ¿Qué sigue ahora? El hombre de las gafas oscuras, el monje ermitaño de Parque Leloir, el dueño del pogo más grande del mundo, ha pasado a formar parte de ese archivo inamovible que llamamos Historia. Habrá estatuas, habrá libros de sociología, habrá documentales que intentarán —y fracasarán— explicar cómo un calvo de voz rasposa se convirtió en la deidad pagana de una nación en crisis.

Pero el verdadero legado del Indio Solari no estará en los mausoleos de la cultura oficial, ni en las bateas de los coleccionistas de vinilos. Su lugar definitivo no es una ubicación geográfica ni un espacio en la historia de la música.

El lugar que ocupará el Indio está ahí, en las marcas de los cuerpos que lograron resistir. Estará cada vez que un hombre o una mujer, frente a la inmensidad del miedo o a “las piñas de la vida“, decida que rendirse no es una opción viable. Porque para entender el verdadero peso de Solari en la memoria colectiva, no hay que mirar las multitudes de los recitales, sino escuchar a Patita. Hay que mirar la puerta cerrada de un quirófano, recordar las veintiséis batallas contra la oscuridad, y entender que, a veces, la salvación de un ser humano no llega de la mano de un milagro médico, sino de una canción que te recuerda, justo antes de perder el conocimiento, que siempre hay que cuidar el estado de ánimo. Que si hay que entrar a la oscuridad, es mejor hacerlo sabiendo exactamente de qué lado de la mecha uno ha decidido vivir.

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