Cannes tuvo acento argentino en su edición 2026. El director Federico Luis, responsable del aclamado largo “Simón de la montaña”, se llevó la Palma de Oro al Mejor Cortometraje por “Para los contrincantes”. La obra, de apenas quince minutos, retrata con crudeza y sensibilidad el mundo de las peleas de boxeo entre niños en un club del barrio de Tepitos, en la Ciudad de México. Con imagen granulada y formato 4×3, la cámara sigue de cerca a Damián López, un pequeño de 43 kilos que se prepara para subir al ring bajo la mirada exigente de su padre y entrenador.
El realizador aprovechó su paso por el escenario francés para hablar de las dificultades que enfrenta el cine en nuestro país. Sin rodeos, explicó que filmar en Argentina en la era de Milei se ha vuelto muy complicado por los constantes recortes y el desfinanciamiento oficial a la cultura. Por eso tuvo que rodar en México, con recursos propios y aportes de Chile y Francia. Ganador del Grand Prix de la Semana de la Crítica en Cannes 2024 por su anterior trabajo, Luis reconoció la contradicción de sentirse más apoyado fuera que en su propia tierra.
El corto no necesita discursos grandilocuentes para conmover. Desde el pesaje hasta los consejos previos al combate, todo está narrado con una naturalidad que estremece. “Mantené la guardia alta” y “cerrá la boca para que no te quiebren la mandíbula” son frases que los adultos sueltan como si fueran indicaciones de tránsito. Pero lo más impactante llega cuando el padre le dice al chico que se está jugando la vida. En ese contexto, el ring se convierte en un escenario donde se mezclan el sueño de formar un campeón y una forma dura de crianza.
A medida que avanza el cortometraje, la mirada se posa en el rostro del niño. Ahí se lee la vergüenza, la decepción, la bronca contenida y también el consuelo de una palmada en la espalda. Sin caer en lugares comunes, Federico Luis logra un retrato honesto y descarnado. Y cuando la tensión afloja, el pequeño encuentra su momento de fuga: correr por las calles de una barrio humilde, para soltarse de los mandatos y recuperar, aunque sea por un rato, algo de su infancia.

