martes 19 mayo, 2026

La historia del Dúo Coplanacu: celebrarán el 25 de Mayo con la comunidad de Lomas de Zamora

Hay provincias donde la música sucede como un accidente feliz y otras donde parece una condición natural del aire. Santiago del Estero pertenece a esa segunda especie: ahí el folclore no necesita justificarse porque está en las casas, en las sobremesas, en las voces gastadas de las madres y en las guitarras apoyadas contra una pared. De ese paisaje salieron Dúo Coplanacu, dos hombres que aprendieron antes a escuchar una chacarera que a entender el mundo.

Roberto Cantos heredó la música de un padre guitarrero; Julio Paz, de una madre cantora. Después vino Córdoba, los años ochenta, la recuperación democrática y esa ilusión colectiva —tan ingenua como necesaria— de que el país podía volver a empezar. En las peñas universitarias y las guitarreadas interminables, donde convivían estudiantes pobres, militantes sobrevivientes y músicos con más entusiasmo que futuro, ellos se encontraron. Primero cantaron separados. Después entendieron que ciertas voces sólo funcionan cuando se mezclan.

Fundaron el grupo en mayo de 1985 y eligieron llamarlo “Coplanacu”: una mezcla entre la “copla” castellana y el “nacu” quichua, que habla de reciprocidad, de encuentro, de algo compartido. El nombre parecía un programa político antes que artístico. Mientras la Argentina empezaba a descubrir el consumo, el vértigo y el olvido, ellos insistían con cajas, bombos y canciones que venían de mucho antes que el marketing.

A comienzos de los noventa se sumó Andrea Leguizamón, violinista formada en conservatorio, que encontró en el folclore una forma menos solemne y más verdadera de decir las cosas. Después llegaron los discos: “Dúo Coplanacu 1991”, “Retiro al Norte”, “Paisaje”, “Desde Adentro”, “El Encuentro”, “Guitarrero”, “Corazón Sin Tiempo” y “Taquetuyoj”. Cada uno parecía confirmar que todavía existía un público dispuesto a escuchar canciones sin artificios, canciones donde la tristeza no necesitaba disfrazarse de ironía.

En 2010 celebraron veinticinco años con “El Camino”, un disco en vivo rodeados de músicos amigos: Luis Salinas, Chango Spasiuk, Raly Barrionuevo y Los Manseros Santiagueños, entre otros. Después llegaron “Mayu Maman”, en 2015, y “Los Copla”, en 2019: discos que ya no buscaban demostrar nada, como si el dúo hubiera entendido que permanecer también es una forma de triunfo.

Tal vez ahí esté el secreto de los Coplanacu: nunca intentaron modernizar el folclore para volverlo aceptable. Hicieron lo contrario. Se quedaron quietos mientras el país cambiaba alrededor. Y en esa obstinación encontraron algo raro: una manera de durar sin convertirse en museo.

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