martes 21 abril, 2026

Murió Luis Puenzo: el director que ganó el primer Oscar para la Argentina con “La Historia Oficial”

En el dia de hoy, el cine argentino se quedó sin uno de sus faros más lúcidos. Luis Puenzo, el hombre que llevó por primera vez un Oscar a la Argentina, murió a los 80 años. Pero su legado no se agota en la estatuilla dorada. Su legado es, sobre todo, una película que se animó a hacer lo que pocos se atrevían en 1984: abrir la puerta del armario de la dictadura y mostrar con una precisión quirúrgica, el horror cotidiano de la apropiación de niños y la complicidad social.

Rodar “La historia oficial” fue un acto de resistencia. Puenzo y su coguionista Aída Bortnik comenzaron a escribir el guión en pleno proceso de recuperación democrática, con el recién asumido gobierno de Raúl Alfonsín. La película cuenta la historia de Alicia (Norma Aleandro), una profesora de historia que empieza a sospechar que su hija adoptiva, Gaby, podría ser hija de desaparecidos. Una trama que, en esos años, era todavía un territorio minado.

Las condiciones de producción fueron precarias. Puenzo consiguió un crédito del flamante Instituto de Cine, dirigido por Manuel Antín, pero el dinero nunca alcanzaba. “Hecha a pulmón”, definió el propio director. El rodaje se extendió de diciembre de 1983 a junio de 1984. Y la locación principal fue su propia casa, lo que implicaba un riesgo mayúsculo: poner el hogar como escenario de una denuncia política, con la amenaza latente de los sectores militares aún enquistados.

Las intimidaciones no tardaron en llegar. Tanto los protagonistas (Norma Aleandro, Héctor Alterio, Chunchuna Villafañe) como el director y la guionista recibieron llamados amenazantes. Incluso la familia de la actriz que interpretó a Gaby, la niña apropiada, fue hostigada. Pero Puenzo no aflojó. Sabía que esa historia era necesaria.

El 24 de marzo de 1986, exactamente diez años después del golpe de Estado que instauró la última dictadura cívico-militar, Luis Puenzo subió al escenario del Dorothy Chandler Pavilion en Los Ángeles a recibir el Oscar a la Mejor Película Extranjera. La coincidencia fue tan brutal como simbólica. El propio director lo definió como un quiebre: el fin de la “pesadilla” y la posibilidad de nuevos sueños democráticos.

Ninguna otra película argentina había logrado ese reconocimiento. Y no era un premio menor: la Academia de Hollywood, muchas veces acusada de mirar para otro lado, validaba una obra que denunciaba el terrorismo de Estado. Ese gesto tuvo un impacto inmediato en la Argentina y en el mundo.

Para las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el Oscar de Puenzo fue un altoparlante planetario. Hasta entonces, la dictadura argentina era un tema que muchos preferían no mirar en el exterior. “La historia oficial” puso en escena –literalmente– el secuestro de bebés, la usurpación de identidades y la hipocresía de una sociedad que decía “no saber lo que pasaba”.

La película llegó a las salas en 1985, mientras se desarrollaba el Juicio a las Juntas. No fue un documental, sino un drama doméstico: una madre que descubre que su amor puede ser cómplice de un crimen. Ese enfoque íntimo, alejado del panfleto, logró lo que muchos informes no pudieron: conmover a audiencias de todo el mundo y validar la lucha de los organismos de derechos humanos ante la comunidad internacional.

“La historia oficial” ayudó a que el mundo entendiera que el horror no eran solo los centros clandestinos, sino también las casas de familia donde crecían niños robados. Y eso fue, en gran medida, obra de la mirada precisa y valiente de Puenzo.

Más allá del Oscar: la carrera de un director que nunca dejó de mirar la historia

Tras ese éxito arrollador, Puenzo podría haber emigrado definitivamente a Hollywood. En cambio, construyó una carrera con altibajos pero siempre fiel a sus intereses. Dirigió “Gringo viejo” (1989), con Gregory Peck y Jane Fonda, una producción internacional que abordaba la figura de un periodista estadounidense en la Revolución Mexicana. Luego “La peste” (1992), adaptación de la novela de Albert Camus, un film ambicioso pero menos celebrado.

Ya en el nuevo siglo, volvió a sus raíces con “La puta y la ballena” (2004), una historia que cruza la Guerra Civil Española con la dictadura argentina. Y en 2013 estrenó “La luz incidente”, un drama sobre el duelo y la memoria. Nunca abandonó la idea de que el cine debía interpelar políticamente.

Además, entre 2020 y 2022 presidió el INCAA, buscando fortalecer un cine nacional que él mismo había ayudado a proyectar al mundo. Desde ese lugar impulsó políticas de fomento y defendió la diversidad cultural frente a los embates del mercado.

Luis Puenzo no fue el primer gran director argentino, ni el único. Pero supo hacer algo único: convertir una historia íntima en un símbolo internacional de lucha por la verdad. “La historia oficial” sigue siendo, cuarenta años después, una película incómoda. Porque muestra que los monstruos no siempre usan uniforme; a veces, son padres amorosos que esconden un secreto atroz.

Con su muerte, el cine argentino pierde a un maestro. Pero su obra queda, como una herida que no cicatriza del todo y que, precisamente por eso, nos recuerda que la memoria es la única vacuna contra la barbarie, y que la verdad, una vez revelada en la pantalla, es imposible de ignorar.

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