lunes 30 marzo, 2026

La trinchera de papel: la guerra de Malvinas contada desde la historieta argentina

Ante la cercanía de un nuevo 2 de abril, el calendario no solo señala una efeméride de soberanía en el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas; también activa una memoria colectiva que ha encontrado en la cultura popular a sus intérpretes más agudos, donde la historieta no es solo un registro de aventuras: es una verdadera trinchera de papel. Allí, entre viñetas, se han dado las batallas de ideas más honestas por la identidad, desde una gramática visual profundamente humana.

Narrar Malvinas desde el noveno arte implicó, desde el primer momento, un desafío ético y estético. ¿Cómo representar el frío, el hambre y el estruendo sin caer en el panfleto? La respuesta la dio una tradición que ya venía madurando desde los tiempos de Héctor Germán Oesterheld, con publicaciones como Frontera y Hora Cero, a través de su célebre corresponsal Ernie Pike. Oesterheld y dibujantes como Hugo Pratt o Solano López impusieron una mirada que desplazó el foco de la victoria militar hacia la tragedia individual del soldado, Esta herencia sembró la semilla de lo que años más tarde sería el abordaje gráfico sobre el conflicto de Malvinas, transformando a la historieta en una herramienta de registro histórico y emocional capaz de narrar lo que las crónicas oficiales a menudo omitían.

El primer contacto masivo de la infancia argentina con el conflicto a través del noveno arte se produjo en tiempo real. Durante 1982, la revista Billiken publicó La historieta de las Malvinas, una entrega episódica guionada por Armando Fernández e ilustrada por Roberto Regalado. Con una urgencia casi periodística, estas páginas buscaban explicar el desarrollo de las batallas a los más pequeños, manteniendo un tono solemne y educativo que exaltaba el valor de las tropas. Eran relatos de trinchera producidos mientras el estruendo de los cañones aún resonaba en el Atlántico Sur, funcionando como un puente entre la realidad bélica y el ambito escolar.

Inmediatamente después del fin de las hostilidades, la mirada comenzó a volverse más introspectiva. En 1983, Sanyú publicó Puerto Argentino en la revista Superhumor, una obra pionera que se alejaba de la épica para centrarse en la desolación y el absurdo. A través de un estilo expresionista, Sanyú logró capturar la atmósfera opresiva de las islas, marcando el inicio de una historieta de postguerra que ya no buscaba solo narrar e informar, sino procesar el trauma.

Sin embargo, sería con el regreso de la democracia cuando la historieta se permitiría una reflexión más profunda y compleja. En septiembre de 1984, bajo la dirección de Andrés Cascioli y la jefatura de redacción de Juan Sasturain, apareció Fierro, autodefinida como una “historieta para sobrevivientes”. Fue allí donde nació la serie La batalla de las Malvinas, un proyecto que buscaba explícitamente recuperar la tradición de Oesterheld. Ricardo Barreiro, en los guiones, rindió homenaje al maestro desaparecido incluyendo al propio Ernie Pike como el corresponsal extranjero que cubría el conflicto. En el primer episodio, titulado “Primera sangre” (1984) y dibujado por Alberto Macagno y Marcelo Pérez, se cruza el dato histórico con la ficción política: uno de los protagonistas, el conscripto Rodolfo Paz, es retratado manifestándose en Plaza de Mayo contra la dictadura apenas días antes de ser enviado a combatir a las islas.

La estética de esta etapa quedó inmortalizada en la emblemática portada del número 2 de Fierro, obra de Oscar Chichoni, que mostraba a un soldado adolescente cruzando un mar de sangre bajo un cielo plomizo. En ese mismo número, Carlos Pedrazzini se sumaba a los dibujos para continuar un relato que alternaba la crónica omnisciente con la mirada subjetiva de los soldados en la trinchera.

Pero la narrativa de Malvinas no fue un fenómeno exclusivamente porteño. En el interior del país, la historieta asumió una voz propia y, a menudo, más combativa. El caso más emblemático es el de la revista Pucará, nacida en Tucumán en julio de 1985 bajo el sello de la Editorial Manuel Ugarte. Autodefinida como “la primera revista de historietas gestada y parida en el interior”, Pucará se posicionó en las antípodas ideológicas de la Fierro. Mientras en Buenos Aires se exploraba la desolación y el absurdo, en el noroeste argentino la historieta se tiñó de un nacionalismo épico y reivindicativo.

Malvinera: Con guion de Arturo Arroyo y dibujos de Jorge Soria, es la obra central de la revista. Narra una historia de amor y soberanía entre un piloto argentino y una habitante de las islas, funcionando como una alegoría de la recuperación territorial. A diferencia de las historias de Fierro, aquí el tono es de una épica romántica y militarista que buscaba exaltar el coraje criollo sin fisuras.

Hijos del Sol: También de Arroyo, pero con dibujos de José Luis Orgeira, esta obra llevaba el conflicto al terreno de la ciencia ficción y la geopolítica ficción. Situaba a las Malvinas en un futuro donde América Latina funcionaba como un bloque unido, convirtiendo a las islas en una base de investigación soberana.

Una semilla salteña: Un drama que ponía el foco en los soldados del norte argentino, rescatando la identidad regional de los combatientes que partieron desde las provincias hacia el frío austral.

Esta corriente tucumana continuó años más tarde con publicaciones como La Parda (1989), donde un joven Walther Taborda ya empezaba a pulir su estilo antes de convertirse en el referente máximo de la aviación. “Halcones” conocida originalmente como Malouines: Le ciel appartient aux faucons publicada originalmente en el mercado europeo (luego rescatada por editoriales locales) se sumerge en la psicología de los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina. Taborda, con un dibujo hiperrealista, logra que el lector sienta el vértigo de los vuelos a ras del agua, mientras que Nestor Barron construye relatos que humanizan a quienes protagonizaron los combates aéreos más intensos del siglo XX.

La obra de Walther Taborda es un ejercicio de virtuosismo visual que se divide en tres actos fundamentales, cada uno centrado en un modelo de avión que marcó la guerra: el Skyhawk, el Pucará (un guiño inevitable a la producción nacional y a la resistencia terrestre) y el Super Étendard. Junto al guionista Néstor Barron, Taborda no solo dibujó aviones; dibujó el miedo, la adrenalina y la soledad del piloto en una cabina que se convertía en un ataúd o en un pedestal de gloria.

taborda halcones diario lomas

En Argentina, estas obras fueron rescatadas por la editorial Mandioca a partir de 2015 bajo el título Malvinas: El cielo es de los halcones. Hoy, tras el fallecimiento del autor en 2017, su obra ha cobrado una dimensión de legado histórico, siendo reeditada en formatos que incluyen bocetos y material inédito que explica su proceso de investigación.

En una vertiente más descarnada y testimonial aparece Tortas fritas de polenta, publicada inicialmente en la revista Fierro en 2013. Adolfo Bayúgar pone imágenes al relato autobiográfico de Ariel Martinelli, un excombatiente que narra la guerra desde el barro, el hambre y el frío extremo. Aquí desaparece cualquier rastro de romanticismo militar; la obra es un testimonio gráfico sobre la supervivencia y el abandono, consolidándose como uno de los pilares de la historieta de memoria actual. En una línea similar, aunque orientada a un público más joven, El viaje de los chicos de Malvinasde Chanti utiliza una sensibilidad distinta para abordar el impacto de la guerra en la identidad de quienes fueron enviados al frente siendo apenas adolescentes.

El panorama actual demuestra que Malvinas sigue siendo un territorio en constante disputa simbólica. Desde las narraciones clásicas de Armando Fernández en Malvinas: Historias de guerra, donde se recopilan hazañas reales con el trazo de maestros como Francisco Solano López, hasta las aproximaciones más experimentales de autores contemporáneos.

En los ultimos años, Turba obra de la mendocina Lauri Fernández se aleja de la épica de los mapas para adentrarse en la arqueología del trauma. A modo de crónica documental, la autora se convierte en el hilo conductor de un viaje que une Argentina con el Reino Unido, recolectando testimonios de excombatientes de ambos bandos. Turba no solo explora el conflicto bélico, sino que lo vincula valientemente con las sombras de la última dictadura, donde la viñeta se vuelve el testigo definitivo de una memoria que aún supura.

Desde la urgencia pedagógica de las páginas de Billiken, pasando por la reconstrucción democrática y política de Fierro, hasta la resistencia épica y federal de revistas como Pucará en Tucumán, el noveno arte ha funcionado como un espejo de nuestras propias tensiones sociales. Desde el virtuosismo de la obra  de Walther Taborda y los testimonios descarnados de la nueva novela gráfica contemporánea cierran un círculo de madurez creativa; hoy no solo se dibujan aviones y trincheras, se dibuja la memoria de un país que se niega a la desmalvinización.

En definitiva, este recorrido demuestra que la historieta nacional es un refugio de identidad donde, a través de la ficción y el documento, las Malvinas pueden ser narradas viñeta a viñeta y con múltiples estilos, pero con una misma urgencia de  soberanía y memoria.

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