jueves 19 marzo, 2026

Una charla con “Música en el Balcón”, el ritual comunitario que nació en Temperley y ahora se muda —por una noche— a la Usina del Arte

Hay gestos mínimos que, sin proponérselo, terminan moviendo el eje de las cosas: alguien cuelga un cartel en la puerta de su casa, anuncia que va a tocar unos temas en el balcón y de pronto la vereda deja de ser un lugar de paso para convertirse en una ceremonia. En Temperley, esa pequeña desobediencia cotidiana se llamó Música en el Balcón y empezó como empiezan casi todas las aventuras verdaderas: sin plan, sin cálculo, sin saber que una noche cualquiera podía transformarse en un acontecimiento. Ahora, en la previa del concierto que llevará esa experiencia hasta la Usina del Arte, Carla Castro intenta explicar —como puede— qué pasó cuando el jazz decidió bajar a la calle y quedarse.



Lo que ocurrió después fue algo más difícil de nombrar que de ver: reposeras desplegadas como banderas domésticas, mates circulando como si fueran credenciales de pertenencia, chicos jugando entre cables y abuelos escuchando standards como si siempre hubieran estado ahí. La música, que tantas veces se consume en silencio y a oscuras, empezó a sonar a cielo abierto y con ruido de barrio alrededor. Y en ese cruce improbable —entre la intimidad de una casa y la intemperie de la ciudad— se fue armando una comunidad que no sabía que lo era hasta que se encontró sentada en la misma vereda. El proyecto creció muchísimo en poco tiempo.

Diario Lomas habló con Carla de esas en un ida y vuelta en las que las respuestas se acomodan en relatos que avanzan despacio, como si hubiera que volver sobre los pasos para entender cómo algo tan mínimo —un balcón, unos instrumentos, un cartel pegado en una puerta— pudo convertirse en una escena cultural convocante. La conversación fue, en sí misma, una especie de deriva por los orígenes y por las expectativas de una iniciativa que nació íntima y se volvió colectiva.

Cuando se le pregunta qué fue lo más difícil de sostener en este proceso de expansión sin perder la esencia barrial y comunitaria con la que nació Música en el balcón, Carla no duda demasiado. Dice: “La esencia barrial no se ha perdido y eso no fue tan difícil porque nosotros somos de acá. Si bien creció muchísimo la convocatoria y la cantidad de gente, la idea de lo que motiva a hacer las fechas tiene que ver con lo mismo que el día que arrancamos, que fue poner un cartelito en la puerta de nuestra casa y anunciar que íbamos a salir al balcón a tocar unos temas para los vecinos. La idea sigue siendo compartir con la comunidad”. Habla de una mutación que no fue ruptura sino expansión. “Por supuesto que eso fue mutando, en el sentido de que así como nosotros abrimos la casa para el afuera y el afuera nos devolvió un montón de experiencias que obviamente enriquecieron también lo que nosotros estábamos haciendo. Lo llenaron de sentido también. A medida que fue creciendo la fecha se hizo necesario empezar a tener otros cuidados con el espacio. Charlar todo siempre antes de hacer cualquier cosa con los vecinos para tener el okay de ellos y el aval, porque obviamente que esto también se puede sostener gracias a que los vecinos de toda la cuadra nos apoyan. Por eso, empezamos haciéndolo cada 15 días, después pasó a ser una vez por mes”. También la música, dice, encontró su propia forma: “A nivel musical arrancamos tocando sin una formación específica. Empezó siendo una especie de jam, digamos, cerradita hacia los amigos. Nosotros le decimos como el Club del Halcón y hay mucho más ensayo, hasta grabamos un disco”.

El fenómeno, visto desde adentro, todavía conserva algo de asombro. Carla lo resume sin rodeos: “El impacto para nosotros es bastante tremendo. Empezamos sin tener como noción de lo que iba a pasar. Fue como un ímpetu de salir al balcón y compartir un poco de música. Era verano, pensamos que quizás las fechas se iban a sostener durante el verano y no teníamos como objetivos a largo plazo ni a mediano. Fue como más un impulso y la verdad que ahora en todo sentido nos llena de amor lo que está pasando a nivel artístico y musical”.

SOBRE EL JAZZ

El jazz no suele circular por multitudes. “El género en Argentina no es tan popular en el sentido de que la circulación del jazz acá tiene más que ver con ámbitos un poco más con un circuito. Estar haciendo jazz de golpe para 600 personas es una locura que además circule en un ámbito público”. Y entonces describe la escena: chicos jugando en la calle, personas mayores que llegan temprano, jóvenes que se sientan en el cordón, mantas extendidas sobre el asfalto, termos que pasan de mano en mano. “Hay chicos jugando en la calle y gente muy grande que viene a ver el show y en el medio toda una gama de colores etarios que genera mucha riqueza en la experiencia de la música en el balcón, porque no es para un público específico, sino que es la experiencia de venir a escuchar un rato, de encontrarte con gente. Tirar una manta, copar el habitar la calle, en un contexto donde hace años venimos como muy machacados con que la calle es peligrosa. Entonces todo eso obviamente a nosotros nos llena de alegría”. En esa misma línea aparece otra dimensión del proyecto: “Después, por otra parte, también estar pudiendo colaborar con Aconcagua, que es una organización que trabaja con gente en situación de calle hace 10 años y colaborar con esas ollas también es algo que está buenísimo. Poder darles visibilidad y aportar desde nuestro lado está bárbaro”.

EL VÍNCULO CON EL PÚBLICO Y LO PÚBLICO

El vínculo con el público, dice Carla, es directo, tangible, casi físico. No hay distancia de escenario ni protocolos rigidos que organicen el encuentro: prima el respeto y la atención. “Obviamente sigue siendo un barrio, entonces por más de que vengan, no sé, 600 personas, hablamos con la gente, las vemos. La gente es superrespetuosa, además, todo lo que comunicamos por redes siempre se respeta un montón. O sea, el balcón se abre, el show dura más o menos 1 hora y 20 y cuando se cierra a la hora la cuadra está exactamente igual que como estaba tres horas antes del show. Con que una invitación haya calado para venir con la reposera a tomar mate y escuchar jazz es muy lindo”. Ahora el proyecto llega a la Usina del Arte y la noticia, según cuenta, fue inesperada. “No lo estábamos buscando, llegó como esa propuesta y la verdad que cierra por todos lados porque nos estamos mudando a otro espacio que símil balcón. Lo de la usina obviamente que estamos recontentos y estamos preparando el show y pensar qué más se puede desprender de este proyecto que es cultural, pero también creo que es social y comunitario”.

EL APORTE CULTURAL DEL PROYECTO QUE VA MÁS ALLÁ DE LO ARTISTICO

Cuando se le pregunta qué aporta hoy Música en el balcón a la cultura local y al uso del espacio público, Carla habla de pertenencia, de reapropiación, de una forma distinta de habitar la ciudad. “Creo que aporta por un lado un sentido de pertenencia, aporta una capacidad de imaginar otras formas de circular en los espacios públicos o de reapropiarse de ciertos espacios. Aporta en soltar un rato la virtualidad y venir a encontrarte. Nosotros muchas veces nos pidieron que streameáramos las fechas pero hay algo que tiene que ver con una decisión de encontrarse corporalmente que sostenemos, más allá de que técnicamente es difícil. Que la gente venga a la experiencia, que esté acá, que conozca, porque lo que se vive es lo más importante que tiene esto. Nosotros propusimos un balcón y propusimos unas músicas y se dio lo importante que es el encuentro”.

Y al final —cuando la música se apaga, cuando el último aplauso se deshilacha contra las paredes tibias de la cuadra— queda algo que no termina de irse. Quedan las reposeras plegadas en las manos de quienes se vuelven alegres a sus casas como si fueran testigos mudos de una conspiración doméstica, quedan los termos vacíos pero todavía calientes, alguna manta olvidada sobre el cordón, un chico que patea una pelota con la misma naturalidad con la que hace un rato escuchaba un solo de saxo. El balcón vuelve a ser balcón, la casa vuelve a ser casa, pero nadie podría jurar que todo está exactamente igual.

Tal vez lo que ocurre no es un recital sino una especie de pacto secreto entre desconocidos, lo mas parecido a un encuentro colectivo y artistico: amar es compartir lo que a uno le hace feliz. La mùsica nos lleva a ese camino y la decisión —mínima, heroica— de ocupar la tarde o la noche, según la estación con algo distinto al miedo, es valiosa. Entonces la calle, por un rato, deja de ser tránsito y peligro y se vuelve territorio compartido, una mesa larga donde cada quien trae lo que tiene: una canción, una charla, una mirada cómplice, la familia, los amigos, el arte, el barrio, las sonrisas. Y cuando las luces se apagan del todo, cuando la última puerta se cierra con un ruido leve, queda flotando esa sensación absurda y necesaria de que la ciudad puede ser otra cosa. Como si en cualquier momento alguien volviera a pegar un cartelito en la puerta y todo empezara de nuevo. “Hoy sábado, Música en el Balcón”

Te dejamos el link para mas informacion del recital que darán en La Usina del Arte este lunes 23 de marzo a las 20 hs: https://usinadelarte.ar/actividad/musica-en-el-balconencuentro-de-jazz-en-comunidad/

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