A 122 años de presencia ininterrumpida en la Antartida por parte de Argentina, recordamos la historia de la avenida de Llavallol que lleva su nombre. Una historia de fabricas y colectividades.
Hay calles que son apenas un trazo en el mapa y hay otras que son un libro abierto. La Avenida Antártida Argentina pertenece a esta última categoría. Es, sin exagerar, la columna vertebral de Llavallol, el escenario donde la llanura rural se convirtió en ciudad industrial y, más tarde, en corredor comercial. Cada tramo guarda una capa de memoria. Su consolidación urbana comenzó a tomar forma a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando se lotean tierras, se instala la estación ferroviaria de Llavallol (1885) y el entonces intendente Manuel Castro impulsa la organización del poblado alrededor de ese eje. Desde entonces, la arteria dejó de ser solo un sendero rural y empezó a estructurar la vida económica y social de la zona.
En sus orígenes fue el “Camino Real”, más tarde el “Camino de Monte Grande”. Por allí transitaban carretas, sueños de progreso y las primeras divisiones de tierras. A comienzos del siglo XX, el intendente Manuel Castro impulsó la idea de organizar un núcleo urbano alrededor de ese camino, la estación ferroviaria y el Arroyo del Rey. No era una ocurrencia: era comprender que los pueblos crecen allí donde pasan los caminos.
Antes de las chimeneas, hubo barro. Y en ese barro trabajaron los pioneros, muchos de ellos vascos. Bernardo Duhalde instaló grandes hornos de ladrillos en una franja que iba desde las inmediaciones del actual Colegio Euskal Echea hasta la calle Seguí. Esos ladrillos no solo levantaron casas: moldearon identidad. Llavallol empezó a construirse, literalmente, con sus propias manos.
El gran giro llegó en 1932, cuando la fábrica de neumáticos de Firestone se instaló en la intersección con el Camino de Cintura. Aquella mole industrial selló el destino fabril de la zona. Más al sur, la histórica Cervecería Bieckert ya marcaba presencia desde 1909. Las sirenas de fábrica ordenaron el ritmo cotidiano y convirtieron a Llavallol en la “ciudad de las industrias”.

Pero la avenida no fue solo trabajo: también fue encuentro. El Club Juventud Unida de Llavallol nació en 1935 en terrenos ferroviarios sobre esta misma traza y, en 1952, levantó su sede definitiva en Antártida Argentina al 2000. Allí late todavía la vida social de generaciones. Con el tiempo, la fisonomía cambió: shoppings, concesionarias y comercios ocuparon el lugar de viejos galpones. Sin embargo, bajo el asfalto y las marquesinas modernas, sigue latiendo la historia de aquel viejo camino que enseñó a un pueblo a crecer.

