jueves 12 febrero, 2026

Todos los libros el libro: obra completa de Julio Cortazar

A cuarenta y dos años de la muerte de Julio Cortázar, su obra sigue funcionando como una máquina inquieta que no terminó de apagarse. No es solo el autor de Rayuela, esa novela que convirtió la lectura en un juego serio y radical; es también el escritor que llevó el cuento latinoamericano a una zona de precisión y riesgo donde lo fantástico dejó de ser un género para convertirse en una forma de mirar. Cortázar murió en 1984, en París, pero su literatura continúa proponiendo una experiencia contemporánea: la sospecha de que la realidad tiene fisuras. Por esas razones de la vida y el barro, en Banfield lo queremos mucho. Queremos tanto a Julio, dado que vivió su infancia ya adolescencia por estos pagos.

Cortázar fue, en primer lugar, un gran cuentista. Desde Bestiario hasta Deshoras, el relato breve fue el laboratorio donde experimentó con el deslizamiento de lo cotidiano hacia lo inquietante. En sus cuentos, lo extraordinario no irrumpe con estrépito; se filtra. Una casa tomada, un axolotl observado tras el vidrio, una autopista convertida en territorio mítico: los escenarios son reconocibles, pero están atravesados por una lógica que no termina de explicarse. Esa ambigüedad, lejos de ser un efecto decorativo, construye una ética de la incertidumbre.

Sin embargo, fue la novela la que lo colocó en el centro del llamado Boom latinoamericano. Rayuela no solo narró la deriva existencial de Horacio Oliveira; puso en cuestión la linealidad narrativa y la figura pasiva del lector. Leer dejó de ser un acto obediente. Cortázar propuso capítulos prescindibles, itinerarios alternativos y una estructura abierta que desafiaba el orden tradicional. La novela era, también, una teoría sobre cómo leer novelas. Y en esa apuesta formal se cifraba una confianza en la inteligencia del lector que todavía hoy resulta exigente.

En los años siguientes, su escritura se volvió más fragmentaria y experimental. Libros como La vuelta al día en ochenta mundos y Último round mezclaron ensayo, crónica, poesía, imágenes y humor. Allí, Cortázar construyó una figura autoral que se permitía la digresión, el collage y el juego gráfico. No era un gesto caprichoso: respondía a una idea de la literatura como territorio libre, capaz de dialogar con el jazz, el boxeo o la política sin pedir permiso.

La política, de hecho, marcó con fuerza su etapa final. Desde su apoyo a la Revolución Cubana hasta textos como Libro de Manuel o Fantomas contra los vampiros multinacionales, Cortázar intentó articular literatura y compromiso. No siempre logró el mismo equilibrio que en sus cuentos, pero su decisión de intervenir en el debate público fue coherente con una época atravesada por dictaduras y conflictos ideológicos. El escritor que había explorado los pliegues de la percepción se enfrentó entonces a la crudeza de la historia.

A 42 años de su fallecimiento, la pregunta no es si Cortázar envejeció bien —pregunta que suele simplificar las lecturas— sino qué sigue ofreciendo. Ofrece, ante todo, una pedagogía de la extrañeza. Enseña a desconfiar de lo evidente y a sospechar que el orden puede alterarse en cualquier momento. En tiempos de realismos saturados y narrativas previsibles, su literatura conserva la potencia de lo imprevisto.

Cortázar fue un escritor de frontera: entre Buenos Aires y París, entre lo real y lo fantástico, entre el juego y la gravedad. Esa condición liminar explica en parte su permanencia. No se instaló en una fórmula ni se repitió cómodamente. Cada libro implicó un riesgo formal, una búsqueda distinta. Esa ética del riesgo es, quizá, su legado más fértil.

Hoy, releerlo no implica repetir el fervor generacional de los años sesenta, sino recuperar una experiencia de lectura activa. Cortázar no pedía adhesión incondicional; pedía complicidad. Y esa complicidad, basada en la inteligencia, el humor y la duda, sigue siendo una de las formas más intensas de relación entre un escritor y sus lectores.

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