domingo 25 enero, 2026

De un homenaje a Johan Cruyff y el fútbol total: la historia de la camiseta naranja de Banfield



¿Una herejía? La historia —la de verdad— casi nunca empieza con una decisión clara. Empieza con una incomodidad. Con algo que no cierra. Con una sospecha. Nadie en el sur del conurbano se levantó una mañana diciendo: “Hoy vamos a parecernos a Holanda”. Eso es una reconstrucción prolija que aparece después, cuando ya pasó todo y alguien necesita un relato ordenado. En el momento, lo que hubo fue otra cosa: fascinación, riesgo, un poco de atrevimiento y por qué no: necesidad.

La camiseta naranja de Club Atlético Banfield no nació de una estrategia ni de una casualidad textil. Nació de una idea peligrosa: que el fútbol también podía pensarse. Y que pensarlo no era traicionarlo. En los años setenta el juego todavía se explicaba como se explicaban las verdades absolutas: con pizarrón, flechas y una convicción casi militar de que cada uno debía quedarse en su lugar. Hasta que en 1974 apareció Holanda. No Holanda como país, sino como hipótesis. La selección dirigida por Rinus Michels y protagonizada por Johan Cruyff no ganó el Mundial de Alemania 1974, pero ganó algo mucho más inquietante: rompió la forma de mirar el fútbol. El famoso “fútbol total” fue menos un sistema que una provocación. Un mensaje cifrado que decía: nada tiene por qué ser como siempre.

Alemania levantó la copa pero todos recordamos más a la Naranja Mecanica que al equipo de Franz Bekenbauer. Holanda se llevó el futuro. Y Banfield —club históricamente atento a las corrientes que no hacen ruido pero empujan— tomó nota.

En 1976, después de una gran campaña en el Torneo Nacional, el club estaba en un punto extraño: sólido pero inquieto. Y desde ese lugar decidió homenajear a esa escuela holandesa. No con una placa, no con palabras, sino con un gesto visible, casi insolente: una camiseta naranja. Un color que no pertenecía al paisaje local. Un color que no pedía permiso.

Vestirse de naranja fue decir muchas cosas a la vez. Fue decir que importaba cómo se jugaba, no solo cuánto se ganaba. Que el fútbol argentino también podía dialogar con ideas extranjeras sin dejar de ser barro y tribuna. Que la identidad no es una vitrina cerrada, sino algo que se contamina, se arriesga y se transforma.

Pero antes hay que recordar siempre lo siguiente: la historia de un club no empieza con una camiseta. Lo dijimos: empieza con una necesidad. Con algo urgente. Con el intento desesperado de no desaparecer en el desasosiego y el olvido. En el caso del Taladro los colores llegaron antes que las certezas. A comienzos del siglo XX, cuando el fútbol todavía era un asunto de viajeros, empleados del ferrocarril y domingos sin épica, Banfield vestía marrón y oro viejo. No por estética. Por supervivencia. Eran los colores de las señales de peligro en las barreras ferroviarias. Una advertencia más que una identidad. Como diciendo: ojo, acá hay algo. El homenaje llegó llegó en 2021.

Pero volvamos a la historia más lejana. 1903–1904. El club al borde del abismo, esa zona donde muchas instituciones se disuelven sin dejar rastro. Ahí aparece Alberto Dehenen y, casi como una escena doméstica que nadie filmó, sus hermanas cosiendo camisetas de grandes cuadros rojos y blancos. No era una decisión simbólica: era lo que había. Tela disponible. Manos disponibles. Persistir.

En la reorganización de 1904, Banfield eligió el blanco y verde.

Dentro de las icónicas que elegimos, las albiverdes son las que más se repiten.






Ahí sí aparece algo parecido a una identidad. Algunos dicen —como Julio César Pasquato, Juvenal— que el verde pudo haber llegado por el origen irlandés de alguno de sus jugadores. Puede ser. O puede ser otra cosa: que el verde siempre fue el color de los clubes que crecen despacio, sin aspavientos, como el pasto que nadie mira hasta que ya ocupó todo. Desde 1907, el verde y blanco a bastones se volvió la piel reconocible de Banfield. Con cambios, con variaciones, con épocas mejores y peores. Pero ahí estaba. Sólida. Tradicional. Confiable.

Hasta que, muchas décadas después, algo volvió a incomodar. Se insiste: en 1974, el fútbol creyó entenderse a sí mismo. Y se equivocó. En el Mundial de Alemania 1974, Holanda apareció no como selección, sino como idea. Ese naranja no vino a reemplazar al verde y blanco. Vino a incomodarlos un poco. Por eso volvió. En los ochenta, en los noventa, volvió como una obsesión recurrente que se niega a desaparecer. Y reapareció con fuerza en la temporada 2003/2004, cuando Banfield jugó por primera vez competencias internacionales, con Julio César Falcioni como entrenador. Ahí el naranja ya no era homenaje: era memoria activa.

Después regresó otra vez: en 2016/17, en 2019/20 y en 2023. También el año pasado. No como nostalgia, sino como recordatorio. Cada vez que Banfield se viste de naranja, algo del pasado vuelve a hacerse presente. No para congelarse, sino para insistir.

Porque el naranja de Banfield no representa títulos. Representa una toma de posición. Dice que hay clubes que eligen contar su historia no solo desde los resultados, sino desde las ideas que alguna vez los sacaron de lugar. Que a veces la tradición no consiste en repetir, sino en recordar por qué una vez te animaste a ser distinto.

Y tal vez por eso sigue incomodando un poco. Porque obliga a aceptar que, incluso en el fútbol, hay decisiones que no se explican del todo. Solo se sostienen en el tiempo. Como las herejías que, con los años, terminan pareciéndose demasiado a la verdad.

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