lunes 16 marzo, 2026

Los mejores álbumes del 2025: de la diva pop al rock que mira en el retrovisor

Hay años que no se miden por calendarios sino por discos. 2025 fue uno de esos: un año donde la música argentina dejó de intentar explicarse y empezó, otra vez, a insinuar, a rozar, a decir sin subrayar. Estos álbumes no buscan consenso ni himnos generacionales inmediatos; prefieren el pliegue, la duda, la intensidad bien administrada. En cada uno, el presente aparece como materia sensible: a veces herida, a veces espectáculo, a veces pregunta sin respuesta. Aquí, los discos que mejor entendieron que escuchar también es una forma de pensar.

No vayas a atender cuando el demonio llama (Lali)
Lali convierte el pop en un dispositivo narrativo donde el exceso deja de ser ornamento y pasa a ser sentido. Cada canción funciona como una escena iluminada por neones emocionales, con el demonio siempre a punto de llamar, pero nunca del todo visible. Aparecen Dillom, Miranda y Duki. Hay herejía, hay melodrama, hay control quirúrgico del impacto. Un disco que entiende el presente como espectáculo y herida al mismo tiempo.

La vida era más corta (Milo J)
Milo J escribe como quien anota en los márgenes del tiempo. El disco suena a juventud acelerada, a biografía comprimida, a recuerdos que todavía no terminaron de pasar. Nada grita: todo murmura con intensidad. La brevedad del título se vuelve poética y política, una forma de decir que crecer también cansa. Hay trap, hay folckore.

Anónimo (Juana Aguirre)
Juana Aguirre ensaya aquí una estética del borramiento. Canta como si no quisiera dejar huella, y justamente por eso la deja. Las canciones parecen escritas en voz baja, con una delicadeza que no busca consenso. Anónimo no es falta de identidad, es una decisión ética.

El Retorno (Santiago Motorizado)
El regreso de Santiago Motorizado no es épico: es íntimo, casi doméstico. Las canciones caminan entre la nostalgia y la persistencia, como si el pasado fuera un barrio al que todavía se puede volver. Hay épica mínima, corazones cansados, guitarras que saben esperar. Retornar, acá, es resistir, guitarra en mano y con un GPS del Conurbano.

El club de la pelea III (Airbag)
Airbag perfecciona su mitología: rock noventoso como combate emocional. Todo suena grande, decidido, al borde del desborde, pero con una eficacia casi industrial. El club ya no es clandestino, es un estadio lleno. Y aun así, la pelea sigue siendo personal.

Divididos (Divididos)
Finalmente llegó. Divididos hace de la madurez una forma de potencia. El disco respira oficio, músculo y memoria, sin nostalgia paralizante. Cada tema parece decir: seguimos acá, pero distintos. El rock como lengua viva, no como museo.

Único y nuestro (Barbi Recanati)
Barbi Recanati firma un disco que es afirmación y manifiesto. Íntimo sin ser frágil, político sin declamar, Único y nuestro trabaja la identidad como algo que se construye cantando. Hay filo, hay ternura, hay decisión. Un álbum que no pide permiso.

Para quién trabajás Vol. 1 (Marilina Bertoldi)
Marilina Bertoldi vuelve a incomodar, que es otra forma de pensar. El disco se mueve entre la electricidad y la pregunta, entre el cuerpo y la estructura. Nada es neutro, todo interpela. Volumen uno de una obra que discute incluso cuando calla.

El Lado Oscuro (Nina Suárez)
Nina Suárez explora la penumbra sin dramatizarla aunque la realidad no se exima de gritos. Las canciones avanzan como sombras bien delineadas, con una sensibilidad que esquiva el golpe bajo. El lado oscuro no asusta: revela. Un disco de sutilezas inquietantes.

Epidermis (Evlay)
Evlay trabaja la superficie como si fuera profundidad. Epidermis es un álbum táctil, lleno de texturas, capas y pliegues sonoros. Todo parece cerca, casi sobre la piel. Un disco que se escucha con el cuerpo antes que con la cabeza.

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