En un contexto económico complejo para la industria audiovisual, caracterizado por la falta de incentivos fiscales comparativos y un tipo de cambio que encarece la producción, el cine argentino demostró durante 2025 una notable capacidad de resiliencia y calidad. Lejos de los volúmenes de otras épocas, el año se distinguió por un conjunto de ficciones nacionales estrenadas en plataformas de streaming -con pasos efímeros por salas comerciales- ofreciendo propuestas artísticas sólidas y una amplia variedad temática, desde biopics de alto impacto social hasta relatos de género con raíces locales.
A continuación, un repaso por algunas de las películas argentinas más destacadas del año.
Belén: El cine como herramienta de memoria y lucha
Dirigida y protagonizada por Dolores Fonzi, “Belén” trasciende su condición de biopic para convertirse en un documento social de urgente actualidad. La película reconstruye con rigor narrativo y una potencia emotiva contenida el caso de la joven tucumana criminalizada por un aborto espontáneo. La narrativa en Belén no se limita al relato del hecho; se adentra en los pasillos judiciales, en la intimidad familiar fracturada y, crucialmente, en el trabajo en red de la abogada Soledad Deza y los colectivos feministas. Cada secuencia subraya cómo la maquinaria del Estado puede volverse contra las mujeres, pero también cómo la acción colectiva puede enfrentarla. Belen, demuestra una vez la potencia del cine nacional para intervenir en el debate público.
Gatillero: western en el conurbano profundo
Cris Tapia Marchori es responsable de uno de los ejercicios de género más contundentes del año. “Gatillero”, ambientada en la Isla Maciel, evita romantizar la marginalidad para adentrarse en su lógica interna. La historia del sicario interpretado por Sergio Podeley es el vehículo para un relato de lealtades forzadas y supervivencia extrema. La influencia del Nuevo Cine Argentino es palpable en la textura realista, pero la puesta en escena se nutre directamente del cine de acción de Walter Hill o John Carpenter, o de la saga de acción John Wick, traduciendo esos códigos a la geografía urbana del conurbano. Los extensos planos secuencia no son un mero alarde técnico; son la forma de sumergir al espectador en un mundo donde la violencia es un fluido constante y la respiración no se detiene. Julieta Díaz, en el papel de la jefa narco, aporta una frialdad aterradora que complejiza el panorama del poder.
La mujer de la fila: el revés de la trama del mundo carcelario.
Con una poderosa actuación de Natalia Oreiro, esta película de Benjamin Ávila Infancia clandestina) explora el desclasamiento y el descubrimiento forzoso. Andrea, una viuda de clase media, ve su vida caer a pedazos cuando su hijo es llevado a prisión. El relato deja atrás rápidamente la pregunta por su culpabilidad o inocencia para centrarse en un proceso más profundo: su lenta inmersión en el ecosistema carcelario. Las largas filas de ingreso, las reglas no escritas de la sala de espera y el vínculo que establece con otros, como el ladrón veterano interpretado por Alberto Ammann, van desgastando sus prejuicios. Es un relato sobre cómo la institución penitenciaria termina atrapando también a quienes están del otro lado de las rejas, los visitantes, en una red de burocracia, desgaste humano y resignada solidaridad.
Tríptico de Mondongo: La amistad y el arte bajo la lupa de Llinás
El proyecto más ambicioso del año viene de la mano de Mariano Llinás (La flor Historias Extraordinarias). El “Tríptico de Mondongo” —compuesto por “El equilibrista”, “Retrato de Mondongo” y “Kunst der Farbe”— es el resultado de un encargo del espacio Arthaus que derivó en la disolución de una amistad de veinte años entre el director y los artistas Manuel Mendanha y Juliana Laffitte.
Lejos de ocultar este conflicto, Llinás lo convierte en el motor mismo de las películas. Cada film es un ensayo visual que orbita alrededor del proceso creativo del grupo Mondongo, interrogando la naturaleza de la materia que utilizan (plastilina, vidrio, objetos), la relación del arte con el mercado y, de manera metatextual, los límites entre documental, ficción y el propio vínculo entre artista y cineasta. Es una obra sobre la imposibilidad de capturar el arte sin alterarlo, y sobre los riesgos personales que implica cualquier colaboración profunda.
27 Noches: Los frágiles límites de la cordura y la ley
Daniel Hendler dirige esta adaptación del libro de Natalia Zito, un caso que fue piedra basal de la Ley de Salud mental argentina. La película se construye sobre una paradoja declarada desde sus primeras frases: “basada en hechos reales” y “todo parecido es pura coincidencia”. Este juego de espejos define su estrategia narrativa. La historia de una mujer (cuya percepción de la realidad es puesta en duda) y el perito que debe evaluarla, se narra con una ambigüedad calculada. Hendler no ofrece respuestas fáciles; en cambio, sumerge al espectador en la subjetividad de sus personajes, haciendo palpable la angustia de no poder distinguir el delirio de la verdad. Este es un relato sobre la institucionalización, pero también sobre la autoridad médica y legal para definir qué es “normal”, planteando preguntas incómodas sobre cuán delgada puede ser la línea que separa la contención de la opresión.
¡Que caigan las rosas blancas!: el derroche imaginativo de Albertina Carri
Albertina Carri regresa con una película que es puro exceso controlado. Funcionando como un eco libertario de su anterior “Las hijas del fuego”, esta road movie vampírica (con toques de comedia y musical) es un manifiesto estético y político. Con un elenco coral encabezado por sus actrices fetiche y la incorporación de Laura Paredes y Valeria Correa, Carri teje un viaje alucinado donde el cuerpo, el deseo y la violencia se expresan a través de géneros populares desviados de su cauce. Es un cine de pura energía, que rechaza la solemnidad y el realismo para proponer una mitología personal hecha de fragmentos, canciones y una furiosa alegría por subvertir las formas. Es la prueba de que, incluso en tiempos austeros, el cine puede ser un espacio para el derroche imaginativo y la rebelión gozosa.
Cada uno de estos estrenos durante 2025 configura un mapa diverso de la producción cinematográfica nacional, marcado por historias que, desde ángulos muy distintos, dialogan con la realidad social. Pero no debe opacar la cruda realidad que atraviesa la industria que las hizo posibles. Este resurgimiento creativo en las plataformas ocurre en paralelo a un desmantelamiento sistemático de las políticas públicas de cultura por parte del gobierno del presidente Javier Milei. La eliminación de instrumentos clave como el Fondo de Fomento Concursable, los recortes drásticos en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y la falta de un régimen de promoción competitivo, han dejado al sector en un estado de orfandad y precariedad extrema.
El talento que conforma nuestro cine, como demostró este año, sobra. Las condiciones para que ese talento se materialice en nuevas películas, están bajo una amenaza severa. El desafío para 2026 ya no es sólo contar buenas historias, sino preservar la misma posibilidad de contarlas.

